Crítica de Ahora, por Gustavo Yuste



Una concentración inquietante

Los poemas que integran Ahora (Ediciones del Dock, 2016) de Griselda García muestran un nivel de concentración que inquieta al lector, donde cada verso carga consigo un peso que le es propio y a la vez lo excede. Nutriéndose de distintos estilos y recursos, la autora plantea en este libro imágenes precisas e historias breves que dejan la puerta abierta para quien quiera salir a jugar. 

Pocas cosas son más provocadoras y estimulantes que lo que parece cercano pero al mismo tiempo no llegamos a comprender al 100%. Los poemas que integran Ahora (Ediciones del Dock, 2016), de Griselda García, poseen ese extraño canto de serpiente que acerca a un lector confiado por una aparente simpleza que nunca termina de ser tal. El primer poema del libro, “El dique”, basta como una pequeña prueba de lo que va a pasar más adelante: distintos estilos y recursos para hablar de ese poder concentrado que cada acción cotidiana trae consigo.

En esa dirección, García va a echar mano de diferentes corrientes: el objetivismo, el lirismo, los yeites narrativos y los diálogos/pensamientos propios de una novela van a servir a la autora como riel donde la poesía pueda desplazarse con su velocidad prepotente. Así, cada poema es un mundo propio y García hasta se da el lujo de diagramar pequeñas constelaciones, como el caso de los poemas que involucran a un pintor y su modelo. Con ese poder de concentración que nombramos al principio, puede leerse: “Te amo aunque no lo sepa/ todavía”.

¿Cómo describir lo infinito pese a que tenga los falsos límites cronológicos? Cada gesto, cada acción pasada y futura trae consigo infinitas bifurcaciones y vías subterráneas donde los sentidos se van acumulando. Escenas personales y sociales se observan de manera comprimida en los versos de García sin por eso perder su filo. Por ejemplo, puede leerse “La lección es clara y al final/ esta carne dulce y negra irá a parar al pobrerío”

Del mismo modo, también puede leerse: “No soy tan buena, lo siento./ Las monjas hablarían de perdonar, de dar la otra mejilla. Qué saben ellas de amar si se han casado con un mudo, un ausente, un muerto”. El poemario Ahora de Griselda García es, en definitiva, una muestra de la elasticidad que puede tener la poesía de un mismo autor para contar historias y, sobre todo, poder ver lo cotidiano desde diversos ángulos, descubrir todo lo que viene solapado y apreciar esa incertidumbre comprimida que viene con cada pequeña cosa que nos rodea.


Gustavo Yuste


Fuente: http://www.laprimerapiedra.com.ar/2016/12/resenas-caprichosas-ahora-griselda-garcia/

Crítica de Mi pequeño acto privado, por Diego Colomba



Mi pequeño acto privado

Griselda García
Buenos Aires
Barnacle
2015


Por Diego Colomba

Cuando la palabra “amor” se ha vuelto una suerte de comodín que sirve para los propósitos discursivos más diversos —justificar un sistema policíaco, prometer la vida eterna, ofrecer un yogurt que hará crecer a nuestros hijos—, la poesía erótica de Griselda García parece restituirle cierta dignidad al término.

En ese sentido, Mi pequeño acto privado nos recuerda que todo poema puede volverse una indecente declaración moral, la ambigua (y por eso potente) manifestación de un modo de evaluar la conducta y la experiencia humanas. “¿Qué haremos cuando el amor/ se vuelva inexpresable?”, se pregunta la hablante del poema “Acto privado”, y en el siguiente, lejos de intentar debilitar la fuerza del interrogante, desalienta cualquier subterfugio: “Procrear cuando el amor/ se vuelve inexpresable/ envilece el amor”.
La fuerza perturbadora de esta poesía no solo responde a la falta de pudor con que una voz hace públicos los pequeños actos privados de una vida, sino también al modo con que la misma se entrega festivamente al promiscuo juego de los signos (“(silencioso como la muerte/ es el amor/ mil veces más miserable).”), un juego irresponsable en el que destella una íntima lejanía: “no intento entender: estoy en el lugar/ impalpable/ el sentido íntimo de las cosas/ se me revela en milésimas de segundos.”
Si toda poesía oscila entre lo previsible y lo arbitrario, la de García se aleja claramente del primer extremo para discurrir al filo del segundo. Su arrojo figurativo (“Si te regalan flores/ sentís que el deseo/ es verte muerta y hermosa”), vehiculizado por la briosa cadencia de sus versos —en la que inciden los versos breves (suelen coincidir con las proposiciones), los paralelismos, la supresión de ciertos nexos y el uso austero de los signos de puntuación—, alcanza una opaca transparencia. Lo que parecía el habla delirante de un ser que no se concibe fuera de los movimientos violentos de la pasión, que aprueba la vida hasta la muerte, resulta, en el trance hipnótico de la lectura, una lengua gestual que traza iluminadoras correspondencias: “Ahora lo sabemos:/ buscábamos algo/ que ya nos encontró.// Ciego como topos/ nunca supimos hacia dónde./ No por eso dejamos de cavar.”
Un sabio francés supo decir que a través de todas las formas del erotismo intentamos introducir en el interior de un mundo discontinuo toda la continuidad de que ese mundo es capaz. La imaginación poética de Griselda García emprende esa aventura: “Amar con furia, sin distinción/ estos brazos, esos hombres, el tren/ sólo ilusión.”

Fuente: http://www.opcitpoesia.com/?p=1745

Melisa Mauriño | La piel de la oruga



Melisa Mauriño | La piel de la oruga


Así como la ninfa
yo también tejía
ese capullo negro
en el corazón de la noche
del derrumbe

trenzaba los hilos
de mis largos cabellos
alrededor de tus dedos

ya estaban humedecidos
de tanto escarbar en mi nombre
caído en esa grieta de luz
que unía y separaba tus labios
de los míos

no usabas alianza en ese dedo
pero mis hilos
quizás demasiado frágiles
aún se cortaban
a la tercera vuelta

y tenía que volver a empezar
como si yo también cayera
del borde de tu tiempo

Así como la ninfa
yo también
me bajaba despacio
el vestido como la piel
de la oruga deslizándose
hasta tocar ese final de cuento
anunciado hasta el hartazgo

y aún así
igual que ella
vi con horror la pausa
el vestido,
muerto en la mitad
del cuerpo,
descubriendo a medias
lo sensual, lo trágico
del amor
cuando no se termina.


Melisa Mauriño (Buenos Aires, 1985), La piel de la oruga. Viajero Insomne. Buenos Aires. 2016.

Graciela Perosio | El privilegio de los años



Graciela Perosio | El privilegio de los años


MIENTRAS PELO LAS CEBOLLAS
que pondré en el horno
pienso: no quiero ser post
ni escribir postliteratura, ni leerla
ni mucho menos estudiarla
no quiero definirme por haber
llegado tarde a una fiesta
a la que creo, no fui invitada
estudiar el pasado, asumirlo
pero a la vez comenzar…

algo se me tiene que ocurrir
a pesar de la caída del muro
de la caída de las torres
de las caídas y de los caídos

de nuevo buscar mi palabra
y que no sea ruido de fondo
el resto que se irá por la cañería
cuando lavés los platos

en cambio, ofrecería un banquete
o acaso, quienes nacimos a la mitad del siglo
¿no pagamos ya bastante por todo?
¿cuándo vamos a festejar
el simple triunfo de estar vivos y en pie?
¿para cuándo entonces, el poema mayor?



FINALMENTE EL POEMA ESTÁ AHÍ

lo terminaste (o te agotó)
pero por unos segundos
hay la ilusión de lo acabado
entonces lo archivás
y a otra cosa
matás el oficio, la técnica, la teoría
matás la poética y dudás
de nuevo dudás en la blandura
se disuelven ideas y lenguaje
(soltar, soltás, me suelto, suelto, salto)
abrís otro documento en la pc
estás fresca ante el espacio blanco
con la simple gratitud 
del principiante


("si encuentas al Buda,
mata al Buda")


Graciela Perosio (Buenos Aires, 1950), El privilegio de los años. Editorial Leviatán. Buenos Aires. 2016.

Joaquín Vázquez | La voz en los maderos



Joaquín Vázquez | La voz en los maderos



Crucifixión


Nací de vientre humano, Madre
débil en mi condición.
¿Negarías que hasta un dios
necesita de cuidado?

Por más que entrelace los dedos
y eleve los brazos en pedido encarecido
sólo escucho el absurdo.

No me contiene ningún límite, Madre
trepo a la higuera y mastico brevas podridas
diviso a una jovencita y la deseo en secreto.

Si supieras quién es en verdad tu hijo
derramarías pocas lágrimas
porque el enigma de este nazareno
es apenas una hogaza de pan
entre canastos de misterios.

Basta ver cómo me desprecian
los hombres en el mercado
las miradas esquivas de las niñas
para comprender que la cruz

es mi vida, no estos maderos.




Tener un alma


¿Cuán impedido puedo estar
para tener el alma
de otra persona?
El acceso a los cuerpos
es cosa fácil
nada que un par de verbos bien conjugados
en el oído de la soledad femenina
no puedan hacer.

Pero el alma
es otra cosa.

Si apuntara a ella con un arma
elegiría la onda de David
el piedrazo seco al medio de la frente
o, fiel a mi estilo
la parábola:
incendio curvo en el pecho.

Si quisiera el dominio inmediato
bastaría la fuerza del mazazo
aunque sólo asegure
la posesión del cuerpo.

Ahora sé que no alcanza la mejor artillería
para adentrarse en ese terreno sutil
y que cuando busco carne
en realidad me incinero
por un pedazo de alma.

Ignoro si son lo mismo.


Joaquín Vázquez (Rosario, 1990), La voz en los maderos. Ediciones Cartografías. Río Cuarto. 2016.

Estela Figueroa | El hada que no invitaron



Estela Figueroa | El hada que no invitaron


Recordando a Kavafis

Con su bolso de titiritero 
él llegaba al anochecer a la casa de ella
le entregaba una flor
cortada de algún jardín
de alguna plaza.

Sin preámbulos caían en la cama
donde se amaban con furor.
Rápidamente.
Ella esperaba otra cosa.

Ya inalcanzable aquello que ella deseaba
solía decir: -quiero estar sola.

Y cuando sentía el ruido de la puerta de calle
pensaba en densos jardines
en una selva bajo la lluvia
en enredaderas que trepaban a los árboles.
Así quedaba dormida en la habitación a oscuras.

Ahora ella -vieja solitaria- piensa en esas flores que él le llevaba
y que al otro día encontraba secas.
Piensa en la casa que habitó
en aquella habitación
en esa cama
en aquellas visitas furtivas
y se pregunta inquieta
si aquel muchacho joven
que le ofrendaba flores
cuando ella también era joven
vivirá.


Principios de febrero

No.
El hermoso verano
no ha terminado aún.
Nos queda un mes para estarse en los patios
y descalzarnos
mientras charlamos
de esto y aquello
sin ton ni son.
Todavía habrá hombres de brazos tostados
en las calles
de la ciudad envuelta por la noche
brotada toda
como un lazo de amor.

No.
No me sostengas que no voy a caerme.
Sólo se caen las estrellas fugaces
y yo -te dije-
quiero permanecer.

Un hombre es bueno para una noche.
Cuando amanece es un reflejo dorado
sobre la cama donde se toma café.
Y es agradable el olor que deja.
Dura todo un día.
Pero no toda la vida.

Luego hay que descansar.
El libro de Kavafis y el de Pavese
sobre la mesa de luz.
Hay que aminorar la marcha.
Sentarse un rato a solas
en el sillón del patio.
Mujeres: tendríamos
que aprender de los gatos.
¡Cómo agradecen el tazón
que rebosa de leche!

Falta para el otoño.
Que nos encuentre intactas.
Sin habernos negado
a estas pasiones
que cada tanto
asaltan.





Estela Figueroa (Santa Fe, Argentina, 1946), El hada que no invitaron. Obra poética reunida 1985-2016. Bajo La Luna. Buenos Aires. 2016.


Diego Roel | Kyrios


Foto: Gabi Salomone



Diego Roel | Kyrios





Amma Domnina
(5 de enero. Anacoreta en Siria)


Olvidada por los hombres,
lejos de las ciudades y del mar
repito día y noche:
Santo, Santo, Santo.

Mi cuerpo es una herida interminable.


Me rodearon las bestias del desierto:
¿quién salvará mi alma?

Me rodearon y asediaron las sombras:
¿quién romperá el lazo de la muerte?

Olvidada por los hombres,
lejos de las ciudades y del mar
riego con lágrimas el suelo,
espero la preciosa semilla.




San Simeón estilita el Viejo
(5 de enero. Consejero del emperador Teodosio. Inventor del cilicio)


Habló en mi corazón Tu corazón.
El sol y el viento y el agua me dijeron:
“Cava, hijo de mujer,
asciende hasta alcanzar la sombra.
Cava, mastica la arena del desierto.
Cava, hijo mío.
A las fieras hay que atarlas con cadenas”.

La gente arranca pedazos de mi cuerpo,
busca reliquias en mi sangre,
me pide eso que no puedo dar.





Diego Roel (Buenos Aires, 1980), Kyrios. Editorial Detodoslosmares. Córdoba. 2016.

Walt Whitman | Los durmientes




Walt Whitman | Los durmientes 
(traducción: Griselda García)

6
Ahora, lo que mi madre me contó un día mientras cenábamos juntos,
de cuando ya era casi una chica grande que vivía con sus padres en la vieja granja.
Una india fue un día a la hora del desayuno a la vieja granja,

en la espalda llevaba un atado de juncos para hacer asientos de sillas,
su pelo, lacio, brillante, grueso, negro, abundante, a medias envolvía su cara,
su paso era libre y elástico, y su voz sonaba exquisita al hablar.

Mi madre miraba con deleite y asombro a la extraña,
miraba la frescura de su cara altiva y sus rellenos y flexibles miembros,
cuanto más la miraba más la amaba,
nunca antes había visto tan maravillosa hermosura y pureza,
la hizo sentarse en un banco junto a la jamba de la chimenea, cocinó para ella,
no tenía trabajo para darle, pero le dio su homenaje y su cariño.

La india se quedó toda la mañana y hacia la mitad de la tarde se fue,
ay, mi madre no quería que se fuera,
pensó en ella toda la semana, la esperó muchos meses,
la recordó durante muchos inviernos y muchos veranos,


Pero la india nunca regresó ni volvió a oírse de ella.



Walt Whitman, The sleepers

6
Now what my mother told me one day as we sat at dinner together,
Of when she was a nearly grown girl living home with her parents on the old homestead.
A red squaw came one breakfast-time to the old homestead.

On her back she carried a bundle of rushes for rush-bottoming chairs,
Her hair, straight, shiny, coarse, black, profuse, half-envelop'd her face,
Her step was free and elastic, and her voice sounded exquisitely as she spoke.

My mother look'd in delight and amazement at the stranger,
She look'd at the freshness of her tall-borne face and full and pliant limbs,
The more she look'd upon her she loved her,
Never before had she seen such wonderful beauty and purity,
She made her sit on a bench by the jamb of the fireplace, she cook'd food for her,
She had no work to give her, but she gave her remembrance and fondness.

The red squaw staid all the forenoon, and toward the middle of the afternoon she went away,
O my mother was loth to have her go away,
All the week she thought of her, she watch'd for her many a month,
She remember'd her many a winter and many a summer,
But the red squaw never came nor was heard of there again.




Walt Whitman (West Hills, 1819 - Camden, 1892). Traducción: Griselda García


N.B.: Esta traducción está en periódica revisión.

Mario Trejo | el insomne insumiso o sobre los alcances de hablar de ciertos temas

Foto: Clarín



Mario Trejo | el insomne insumiso o sobre los alcances de hablar de ciertos temas



Hemos hablado toda la noche
de cómo va el mundo

Fue una buena comida
abundante y sin lujos
entre viejos amigos

Alguien recordó a Saint-Just;
los que hacen revoluciones
los que quieren hacer el bien
no deben dormir más que en la tumba

Miramos el fondo de las cosas
paladeamos el vino
y hablamos también
de secuestros de aviones
y personas desaparecidas
y cadáveres abandonados
en basurales taciturnos

Discutimos la diferencia
entre la muerte de un tornero
y el rapto de un embajador
su precio en moneda diplomática

Alguien aclaró la distancia que media
entre guerrilla y terrorismo
cuestión de objetivos
de víctimas y medios
de razones y llantos

Una y otra vez tocamos el tema
de los intereses nacionales
es decir
del interés nacional
que entierra los gestos heroicos o inútiles
y los riesgos de la guerra
hablamos de la paz nuclear
y del ausente con permiso de los chinos
en Vietnam Bangla Desh e Indonesia
de los americanos en Praga
de los rusos en Santo Domingo
del mundo entero en Chile
y de las tropas de etcétera en el país de etcétera

Pero volvíamos siempre al punto de partida
la tortura y sus técnicas
oficio que ignoran el virus y el tigre
el escorpión y la culebra
viciosa búsqueda de la verdad
mundial y sin secretos

Como de costumbre
estuvimos de acuerdo en que poco o nada
se arregla con canciones y puestas en escena
con rituales de cámaras y luces
y palabras elegidas con pasión y paciencia
Para qué repetir
que un poema no devuelve la vida
La película ha terminado y el cine continúa

Yo no soy el hechicero de una tribu profética

Por fin resolvimos que
de todos modos
es peor el silencio
que hablar es algo más que una droga

Y las sirenas aullaban en la calle

Porque la verdad es verdad
sólo cuando es pronunciada
golpeada a veces
a puro y torpe corazón

Porque no hay tiempo que perder

Pero supimos también
que vale la pena salvar un minuto
para recordar que a la verdad también hay que pensarla
meditarla destriparla
Porque el blanco de la verdad es la eficacia
Cabeza fría y corazón caliente
Cálida sobremesa
discretamente alcohólica
entre viejos amigos

La verdad
nos dijimos
no es ni fea ni bonita
Pero igual deberíamos salvar un minuto
para el poeta que hay en todo hombre
para que pueda sin temor
perder la ilusión de que cuando termina la belleza
se acaba la verdad
Para que pueda realizar la ilusión
de que donde acaba la verdad termina la belleza
como en esos discos de Bach o de los Beatles
que giran hoy a 33 revoluciones por minuto

Nos callamos un rato
cómplices en saber que la bestia humana
sólo sonreirá cuando verdad y belleza
sean una sola y misma cosa

Insomnes
hablamos toda la noche
Insumisos ante el poder de la palabra
Convencidos de que las ideas
sólo se redimen en la práctica


Mario Trejo (Argentina, 1926 - 2012), El uso de la palabra. Ediciones Colihue.

Silvia Arazi | Un bello matrimonio



Silvia Arazi | Un bello matrimonio


Una de las cosas buenas
del matrimonio,
es que uno no tiene que hablar.
(tampoco tiene que mirar).
Lo ideal es usar una venda blanca
que cubra correctamente los ojos,
de manera tal
que no deje pasar ningún resquicio
de luz.


Él se levanta y no te mira.
Ella está serena, el pelo revuelto y
un camisón raído, invisible, pensando en el día
que le espera.
(tampoco ella lo mira)

Pero sabe que él está allí. Está.
Lo cual es importante. Llueva o truene,
está. Si aparece un murciélago,
un ladrón o el cobrador de impuestos: está.

La vida se va poniendo difícil,
es bueno recordarlo.

Estamos el uno para el otro,
lo cual es reconfortante y práctico.
A veces, algo te recuerda al poema de Prevért
que tanto te impresionaba de chica.
(¿aún soy chica, mamá?)

Él no sabe si
te pusiste una blusa verde o amarilla.
(el hombre de barba, sí)
El hombre de barba y muchos dientes,
sabe que tu blusa es amarilla
y te quiere lamer la piel que está debajo
de la blusa amarilla.
Ese hombre, sabe que en vos hay un cuerpo
y un corazón adentro del cuerpo. Y un alma.
Amarilla, también.

El marido, no. El marido está.
Un buen marido no espera
que termines de hablar.
(cree que fue
un ruido de la heladera)

Al terminar la cena,
la mujer piensa en encender la tele.
Luego, a veces,
se pone la venda y se visitan, se tocan.
Otras veces ella le pide que llame al plomero,
lo acompaña al cardiólogo.
Él le pone filtro solar en la espalda
y ella le recuerda
que hay que renovar el pasaporte.

Es un buen marido.
Ella compra tomate perita porque al buen marido
no le gustan los tomates redondos
y le pone poca sal a la comida. Es
una buena mujer. Lo lindo
es que siempre duermen juntos.
Juntos,
miran por la ventana, qué hermoso día,
¡qué sol!
disfrutan viendo florecer el jacarandá,
viendo florecer a los niños.
(con asombro y horror)

Dormimos juntos,
nos levantamos juntos,
vamos al cine juntos, desayunamos juntos
y soñamos por separado.
Es lindo ir a las fiestas de fin de año,
juntos,
y a la playa y al cine.
En pareja nos sentamos en el restaurante y
pedimos pollo, porque nos gusta el pollo
y hablamos en plural.
La habitación de nuestra casa tiene
cama doble y ventana a la calle.
Él carga la valija más pesada.
Yo acomodo la ropa en su placard.

Sabemos que el otro está,
siempre,
para no mirarnos, para no escuchar,
para no saber.
Pero es lindo estar juntos,
uno al lado del otro. Muy juntos,
así, hasta la muerte.




Silvia Arazi (Buenos Aires), Claudine y la casa de piedra. Ediciones del Dock. Buenos Aires. 2016

Santiago Espel | Isoca




Santiago Espel | Isoca


4a

Visto que no dejo nada en la tierra
llevo a un cordero ciego a pastar.
Dócil, expuesto a mi remordimiento, 
se deja llevar y se hastía de hierba.
Satisfechas sus necesidades primarias
el animal expulsa un berrido al cielo.
Descorre así el velo de su ceguera.
Yo aplaco al fin el mal de conciencia.
Tomo de su instinto y le doy mi razón.
Redimidos, uno es lazarillo del otro.


4b

Yo, que auxilio a un cordero ciego,
creo en lo que aún va a acontecer;
confío en los ejercicios del ausente:
uno y el mismo cuando no estoy.
Liberada del gusano de la alfalfa,
la hierba es más que tierno bocado,
y el animal, despojo sin lógica,
procura el milagro de su curación.
La tierra que pisamos es videncia:
fecunda y labrada simiente de riego.


4c

Atado al cordón materno de tierra,
un cordero ciego ilumina la pradera. 
Rumiante de sombras, hace gárgaras
y escupe su metafísica triturada.
Abre el párpado con descaro y no ve,
no ve campo ni cielo: ve penumbras,
alambres de púa, bosta, vinchucas.
Aprendo su compasión por el hombre.
Un cordero ciego apacigua mi ansia.
Caeremos parados; seremos el mismo.



Santiago Espel (Buenos Aires, 1960), Isoca. La Carta de Oliver. Buenos Aires. 2004.

Niní Bernardello | Baltasar

Foto: Tuerto Rey


Niní Bernardello | Baltasar


Preparé una disolución asiria
en un cucharón de fiebre.
Traduzco la tristeza a la boca del pescado,
al fulgor del té en una mañana helada.
Me compongo de pasos rengos
y mirada bizca.
Un tramo corto me desliga del amor.
Velocísima levito y atravesando las ventanas
viajo por un mundo antiguo donde me espera
un corazón abierto, una espada de oro.
Baltasar, omnívoro varón
en el patio de la casa, rey mago, pobre hijo de inmigrantes.
De tu pan aprendí el rito de la poesía
y de tus lágrimas el color de la pena.
Magna abertura en la serranía.
Gotea el amor, el desdén
y el deseo quemado hasta su centro volcánico
vuelca su mirra en la palidez del viento.
Gime Baltasar, desaparece del mundo arterial
y cobíjame en el estrellado abismo de tu ausencia.



Niní Bernardello (Cosquín, 1940), Salmos y azahares. Ediciones Argos. Córdoba. 2005.


Franco Rivero | ud no viaja asegurado



Franco Rivero | ud no viaja asegurado


pata de cabra

mi mamá es curandera
cura hasta la pata de cabra
mucha gente
le da sus hijos de ahijados
casi todos tenían
pata de cabra

me dijo que en la columna
a la altura de la espalda
se ve una pezuña
chiquita
que duele mucho
que no te deja engordar
que se va moviendo
a lo largo de la columna

y que te mata

los vencimientos contra
la pata de cabra
son muy fuertes
a ella le hacen eructar
le debilitan
después queda destruida
fuma para recuperar fuerzas
y toma mate

yo le hago los mejores mates
dice
me sonrío contento
yo le curo a la curandera



vierne santo correntino


no silbe que le silbá en la cara a cristo
no escriba que le escribí en la cara a cristo
no corra que corré sobre la tumba de cristo
no hondeé porque le hondeá a cristo
no juegue a lascarta porque jugá por la ropa de cristo

no grite no haga juego no prenda la radio
no coma carne roja no barra no lave la ropa
no hable mucho no diga malapalabras
no mire mal no lave lo plato

no pelee con tu hermano no golpee nada
no largue pedo no erute no etornude

no saque la miga del pan no corte con cuchillo
no tome leche porque tomá la leche del sapo
el sapo é el diablo la víbora é el diablo sobre todo la verde
porque la verde anda en lo árbole y vuela

no mastique mucho no escupa en el piso
no haga nudo con la lonja no chrense

no ande a caballo y si andá ni chrote ni galope

no tome bebida alcólica porque bestejá la muerte de cristo y ademá
te da gana de pelear o de ochra cosa
y si hacé esa ochra cosa
te quedá abotonado como lo perro

é sábado de gloria dende la doce del mediodía
ante se puede hacé el juego para el asado
pero chiquito



Franco Rivero (Corrientes, 1981), ud no viaja asegurado. Editorial Deacá. Villa Mercedes. 2016.

Valeria De Vito | Un ramillete de rocío


Foto: Natalia Leiderman



Valeria De Vito | Un ramillete de rocío


Pensar no da para más.
Quiero escribir
solo si llueve.

Traje varios cuadernos;
quiero escribir fotografías
quiero escribir todo.

El agua del río es marrón.
No hay más tiempo.

Quiero escribir todo
todo es amar
y desarmar
una bomba de tiempo.

/

Cocinar nos sale bien,
mezclar la harina,
los huevos,
la espinaca,
las papas
y amasar,
entrelazar nuestros dedos.
Los ñoquis.

La forma la das vos
porque tenés el don
de que te salgan parejitos.

Luego, la siesta
con la persiana baja,
calor y mosquitos
que buscan la sangre
dulce;
yo busco tu almíbar.
No quiero esconderme más.
No te escondas vos
ahora,
por favor.

Hablar ya fue, 

el archivo se reseteó.


Valeria De Vito (Buenos Aires, 1977), Un ramillete de rocío. El ojo del mármol. Buenos Aires. 2016.

Sylvia Plath | Tulipanes



Imagen: @SyIviaPIIath en Twitter



Sylvia Plath | Tulipanes

[traducción: Griselda García]




Los tulipanes son demasiado excitables, es invierno aquí.
Mirá qué blanco está todo, qué quieto, qué nevado.
Estoy aprendiendo la calma, yaciendo sola en quietud
como yace la luz en estas paredes blancas, esta cama, estas manos.
Soy nadie; no tengo nada que ver con explosiones.
Le di mi nombre y mi ropa de día a las enfermeras
y mi historial al anestesista y mi cuerpo a los cirujanos.

Ellos apoyaron mi cabeza entre la almohada y la funda
como un ojo entre dos párpados blancos que no se cerrarán.
Estúpida pupila, tiene que dejar entrar todo.
Las enfermeras pasan y pasan, no son un problema,
pasan como las gaviotas pasan tierra adentro, con sus cofias blancas,
haciendo cosas con las manos, una igual a la otra,
así que es imposible saber cuántas son.

Mi cuerpo es un guijarro para ellas; lo rodean como el agua
rodea a los guijarros sobre los que debe correr, puliéndolos con cuidado.
Me traen sopor en sus agujas brillantes, me traen sueño.
Ahora que me perdí a mí misma, estoy harta de equipaje—
mi estuche de charol nocturno como un pastillero negro,
mi marido y mi hija sonriendo desde la foto familiar;
sus sonrisas se enganchan a mi piel, pequeños anzuelos sonrientes.

Dejé las cosas correr, un buque de carga de 30 años
aferrándose tercamente a mi nombre y dirección.
Me lavaron las asociaciones afectivas.
Asustada y desnuda en la almohada de plástico 
verde de la camilla 

veía mi juego de té, mis armarios de ropa blanca, mis libros
que se hundían lejos de la vista, y el agua me cubrió la cabeza.
Soy una monja ahora, nunca fui tan pura.

No quería flores, solo quería
yacer con las manos hacia arriba y totalmente vacía.
Qué libre es, no tenés idea de lo libre—
La calma es tan grande que te aturde,
y no pide nada, una placa con el nombre, algunas baratijas.
Es a lo que
 se acercan los muertos, al final; los imagino

cerrando sus bocas sobre ella, como una hostia.

Los tulipanes son, en primer lugar, demasiado rojos; me lastiman.
Aun a través del papel de regalo podía oírlos respirar
suavemente, a través de sus envoltorios blancos, como a un bebé horrible.
Su rojo le habla a mi herida, ella le corresponde.
Son sutiles: parecen flotar aunque me hunden
molestándome con sus súbitas lenguas y su color
una docena de plomadas rojas alrededor de mi cuello.

Nadie me observaba, antes; ahora estoy en observación.
Los tulipanes giran hacia mí, y la ventana detrás de mí
donde una vez al día la luz lentamente se ensancha y se angosta,
y me veo, chata, ridícula, una sombra recortada en papel
entre el ojo del sol y los ojos de los tulipanes,
y no tengo rostro, quise desfigurarme.
Los vívidos tulipanes me comen el oxígeno.

Antes de que llegaran, el aire estaba bastante calmo,
entrando y saliendo, aliento a aliento, sin ningún lío.
Después, los tulipanes lo llenaron como un ruido fuerte.
Ahora el aire choca y se arremolina como un río
choca y se arremolina alrededor de un motor hundido, rojo de óxido.
Concentran mi atención, que estaba feliz
jugando y descansando sin comprometerse.

Las paredes también parecen estar entibiándose.
Los tulipanes deberían estar tras las rejas, como animales peligrosos;
se están abriendo como la boca de un gran gato africano,
y yo estoy consciente de mi corazón: abre y cierra
su cuenco de flores rojas, de puro amor por mí.
El agua que pruebo es tibia y salada como el mar,
y llega de un país tan lejano como la salud.

18 de marzo de 1961





Tulips
By Sylvia Plath

The tulips are too excitable, it is winter here.
Look how white everything is, how quiet, how snowed-in.
I am learning peacefulness, lying by myself quietly
As the light lies on these white walls, this bed, these hands.
I am nobody; I have nothing to do with explosions.
I have given my name and my day-clothes up to the nurses
And my history to the anesthetist and my body to surgeons.

They have propped my head between the pillow and the sheet-cuff
Like an eye between two white lids that will not shut.
Stupid pupil, it has to take everything in.
The nurses pass and pass, they are no trouble,
They pass the way gulls pass inland in their white caps,
Doing things with their hands, one just the same as another,
So it is impossible to tell how many there are.

My body is a pebble to them, they tend it as water
Tends to the pebbles it must run over, smoothing them gently.
They bring me numbness in their bright needles, they bring me sleep.
Now I have lost myself I am sick of baggage——
My patent leather overnight case like a black pillbox,
My husband and child smiling out of the family photo;
Their smiles catch onto my skin, little smiling hooks.

I have let things slip, a thirty-year-old cargo boat
Stubbornly hanging on to my name and address.
They have swabbed me clear of my loving associations.
Scared and bare on the green plastic-pillowed trolley
I watched my teaset, my bureaus of linen, my books
Sink out of sight, and the water went over my head.
I am a nun now, I have never been so pure.

I didn’t want any flowers, I only wanted
To lie with my hands turned up and be utterly empty.
How free it is, you have no idea how free——
The peacefulness is so big it dazes you,
And it asks nothing, a name tag, a few trinkets.
It is what the dead close on, finally; I imagine them
Shutting their mouths on it, like a Communion tablet.



The tulips are too red in the first place, they hurt me.
Even through the gift paper I could hear them breathe
Lightly, through their white swaddlings, like an awful baby.
Their redness talks to my wound, it corresponds.
They are subtle: they seem to float, though they weigh me down,
Upsetting me with their sudden tongues and their color,
A dozen red lead sinkers round my neck.

Nobody watched me before, now I am watched.
The tulips turn to me, and the window behind me
Where once a day the light slowly widens and slowly thins,
And I see myself, flat, ridiculous, a cut-paper shadow
Between the eye of the sun and the eyes of the tulips,
And I have no face, I have wanted to efface myself.
The vivid tulips eat my oxygen.

Before they came the air was calm enough,
Coming and going, breath by breath, without any fuss.
Then the tulips filled it up like a loud noise.
Now the air snags and eddies round them the way a river
Snags and eddies round a sunken rust-red engine.
They concentrate my attention, that was happy
Playing and resting without committing itself.

The walls, also, seem to be warming themselves.
The tulips should be behind bars like dangerous animals;
They are opening like the mouth of some great African cat,
And I am aware of my heart: it opens and closes
Its bowl of red blooms out of sheer love of me.
The water I taste is warm and salt, like the sea,
And comes from a country far away as health.



Sylvia Plath (Boston, 1932 – Londres, 1963), The Collected Poems. HarperCollins. New York. 2008. Traducción: Griselda García


NB: Esta traducción puede variar de aquí a un tiempo. Vuelva pronto.

Leandro Calle | María Juliache




Leandro Calle | María Juliache


Como estalla una piedra atascada en la memoria
rodó tu nombre y con tu nombre la pregunta amarga:

¿quién se acostó con el silencio?

Porque al grito de asesinos
alcanzaste del orgasmo su raíz más precisa.

María Juliache, española
solamente de rodillas puedo decir tu nombre.



Leandro Calle (Buenos Aires, 1969), en "La Puta Patria". Calle, Castellanos, Merigo, Suárez, Vargas. Ferreyra editor. Córdoba. 2013.