Dylan Thomas, En mi oficio o mi arte sombrío



En mi oficio o mi arte sombrío
ejercido en la noche silenciosa
cuando sólo la luna se enfurece
y los amantes yacen en el lecho
con todas sus tristezas en los brazos,
junto a la luz que canta yo trabajo
no por ambición ni por el pan
ni por ostentación ni por el tráfico de encantos
en escenarios de marfil,
sino por ese mínimo salario
de sus más escondidos corazones.

No para el hombre altivo
que se aparta de la luna colérica
escribo yo estas páginas de efímeras espumas,
ni para los muertos encumbrados
entre sus salmos y ruiseñores,
sino para los amantes, para sus brazos
que rodean las penas de los siglos,
que no pagan con salarios ni elogios
y no hacen caso alguno de mi oficio o mi arte.




Dylan Thomas (Gales, 1914 - Nueva York, 1953), Poemas completos

Traducción: Elizabeth Azcona Cranwell

José Watanabe, Animal de invierno




Otra vez es tiempo de ir a la montaña
a buscar una cueva para hibernar.


Voy sin mentirme: la montaña no es madre, sus cuevas
son como huevos vacíos donde recojo mi carne
y olvido.
Nuevamente veré en las faldas del macizo
vetas minerales como nervios petrificados, tal vez
en tiempos remotos fueron recorridos
por escalofríos de criatura viva.
Hoy, después de millones de años, la montaña
está fuera del tiempo, y no sabe
cómo es nuestra vida
ni cómo acaba.


Allí está, hermosa e inocente entre la neblina, y yo entro
en su perfecta indiferencia
y me ovillo entregado a la idea de ser de otra sustancia.


He venido por enésima vez a fingir mi resurrección.
En este mundo pétreo
nadie se alegrará con mi despertar. Estaré yo solo
y me tocaré
y si mi cuerpo sigue siendo la parte blanda de la montaña
sabré
que aún no soy la montaña.




José Watanabe (Trujillo, 1945 - Lima, 2007), Cosas del cuerpo, Lima, 1999.

Yorgos Seferis, Botella en el mar





Tres rocas unos pocos pinos quemados y una ermita y más arriba
el mismo paisaje copiado recomienza;
tres rocas en forma de pórtico, herrumbrosas
unos pocos pinos quemados, negros y amarillos
y una casita cuadrada sepultada en la cal;
y más arriba todavía muchas veces
el mismo paisaje recomienza escalonado
hasta el horizonte hasta el cielo en ocaso.
Aquí anclamos el barco para reparar los remos quebrados,
para tomar agua y dormir.
El mar que nos amargaba es profundo e inescrutable
y despliega una serenidad infinita.
Aquí entre los guijarros hallamos una moneda
y la jugamos a los dados.
La ganó el menor y desapareció.
Nos volvimos a embarcar con nuestros remos quebrados.
  


Yorgos Seferis (Esmirna, 1900- Atenas, 1971)


N. B.: No sé de quién es esta traducción pero suena muy bella.




Javier Adúriz, Esto es así




No hay nada como los parques, los jardines y las quintas. Ahí se concibe la imaginación contemplativa, que es más veloz que un auto con caja de quinta. Subir a los árboles puede llevarte a otra dimensión, encontrar tal vez una libertad desconocida. O al menos un consuelo, cuando obispos, generales y directores de colegio te encadenan a una silla para tomar la sopa de agua podrida.

Javier Adúriz (Buenos Aires, 1948), Esto es así, Ediciones Del Dock, 2009.

Diego E. Suárez, Fuera, de caza, un día de lluvia




en esta escena de la jungla de asfalto
abro el paraguas para que empiece a llover
y una cazadora de colectivos pierde a su presa
teniéndola a tiro del brazo extendido

la fiera fugitiva hace caso omiso
del silbido de algunos nativos
ni siquiera un grito somnífero
adormila su paso

en la cuadrilla de cazadores ella se distingue
por los invisibles en el pelo el uniforme azul
el portafolios y en la misma mano una bolsa
con rollos de papel afiche

pone en práctica la paciencia
(el mejor arma de Artemisa)
observando los dibujos concéntricos
hechos por las gotas en los charcos
donde chapotea la luz de la mañana

no pasa mucho tiempo y mansamente
se aproxima otra presa

que resoplando se detiene a sus pies
y abre las fauces derrotada.

Diego E. Suárez (Posadas, Misiones, 1979), Ser en el colectivo, Edición de autor, Santa Fe, 2009.

Andrés Bohoslavsky, Ceguera





"Si un hombre escucha por la mañana el camino correcto
puede morir por la tarde sin arrepentimiento."
Confucio

Cuando llegamos al borde del precipicio
debía empujar a Harry, el ciego,
y cumplir de una vez y para siempre
con su pedido.

Él estaba harto de la indiferencia del mundo
de la burla de la gente
de vivir como un mendigo.
De que el único que leyera sus poemas fuera yo.

Lo abracé, le dije que entendía perfectamente;
lo miré a los ojos
le puse este poema en el bolsillo
y me arrojé.


Andrés Bohoslavsky (Río Negro, 1960), El pianista del Black Cat y otros poemas, Editorial La carta de Oliver, 2007.

Héctor Viel Temperley, Neuquén



Dobladito en las rodillas,
listas blancas, fondo negro,
el patrón se lo cobró
siete mil quinientos pesos.

Íbamos mirando el aire
de Neuquén, que es tan abierto.
Por hablar le ponderé
el poncho a un paisano viejo.


Héctor Viel Temperley (Buenos Aires, 1933-1987), Obra completa, Ediciones del Dock.

Antón Arrufat, En la pared del baño




Entra. He corrido la cortina.
Tu cuerpo avanza sin secretos.
Agua y puerta nos defienden
del mundo. Suenan las tuberías,
y tú avanzas, y ya estás aquí.
El agua repiquetea en tu carne.
Espalda, hombros, pecho:
palabras que ya no son palabras.
Nuestros padres no podrían
comprendernos. Se amaban
sin luz, con las medias puestas.
Cantas, y tienes el pelo mojado
y las pestañas. Echa hacia atrás
la cabeza: el agua salta
en tus dientes, bulle
en las llaves de níquel.
Cantas para mí solamente.
Nos pasamos el agua de mi boca a tu boca.
En esta secreta cámara marina,
en el fondo de las aguas,
tu carne huele, tu piel salada,
dulce, sabe a limón, a tristeza,
a cosas que no alcanzo a decir.
A qué sabe tu piel en estas aguas,
mientras cantas?
El bien del cuerpo lo aprendemos ahora.
Sin cruces, infiernos ni consignas.
Sé amarte en el agua, desnudos.
Dejaremos huellas mojadas en el piso.
Tu cabeza desciende al borde de mi cama.
 


Antón Arrufat (Santiago de Cuba, 1935), La huella en la arena, Editorial La Bohemia, 1999.

Irene Gruss, El té



Está sentada frente a mí
y hace ruidos con la taza, la golpea sin querer.
Está loca pero la que desea
matarla soy yo.
Si le comento cualquier asunto, ella pregunta
con tono de loca más que dubitativa: ¿ah, sí?
Ahora está
diciéndome que hay vidrios rotos
en su barriga, la cortan, duele.
Miro la taza que golpeaba, intacta,
y el té que viene hacia mí, de a poco,
rogando algo que no entiendo. El líquido
toma una forma que me asusta, y al mismo tiempo
sé que lo que pide
es piedad, ayuda; es té tibio
sobre la mesa y
es mi hermana.


Irene Gruss (Buenos Aires, 1950), Solo de contralto, Galerna, 1997.

Crítica de El ojo del que mira

Vigía de sí misma


Griselda García, El ojo del que mira, Ediciones La Carta de Oliver, 2009.
 
Algunos poetas son mucho más interesantes por lo que sugieren que por lo que dicen. No es así como García construye su poética. En esta poética lo que la palabra del poeta dice, dice. Y es así, diciendo, por contraste o contraluz, como va edificando lo poético.
Pero García sabe muy bien que la palabra aún diciendo lo que dice, siempre dice una parte. La otra parte la completa el oficio del poeta para componer la escena y, claro, el lector.
Entonces la palabra, apenas siendo lo que es y lo que no, comienza a ser funcional a lo que inmediatamente promueve el poeta y certera a lo que en breve comenzará a percibir el lector.
 
En sus libros anteriores se había preocupado por ir develándonos algunos de sus propósitos. Lo hizo en El arte de caer, donde intentó hacer de sus caídas un arte; en La ruta de las arañas, un camino luminoso entre tempestades; y también lo hace ahora en El ojo del que mira, develándonos otro de sus anagramas: el ojo del que mira es su propio ojo.
 
Pero ¿cómo es el ojo del que mira? García mira con un ojo puesto en el deseo y el otro en la imaginación. Y ambos construyen el sustrato de cada poema que es la mismísima realidad latiendo, es decir: su propia realidad. Es entonces desde ese mundo propio donde presiona al lector a tomar partido, a comprometerse con lo que siente/ve/dice. A que se haga cargo de ese límite que nos impone el dolor, de la belleza si la hubiera y de la propia vida si estás a punto de dejarla a un costado.
Griselda te limpia la escena pero te va a querer sentado un largo rato frente a esa silla rodeada de espejos, avanzando en una montaña rusa que por destino lo tiene al presente, siempre al presente.
A mitad de camino el tema parece descompensarse un poco. Ella parece darse cuenta que la propuesta es ambiciosa pero no le va a preocupar cambiar. Y el giro lo vas a percibir porque ella va a volver a confiar en su voz: “Doy mi cuerpo y comen / doy mi sangre y beben”.
 
A vos lector te digo que ni bien abras las páginas de El ojo del que mira, ella va sentarte en sus rodillas y no vas a poder pedirle que se detenga hasta que hayas tocado fondo. No va a soltarte del cuello ni aún pidiéndole por favor: “Vos, lobito mío / sos una de las crías / que no alcancé a devorar”.
Y cuidado con moverte: “un mal movimiento / arruina años de práctica”.
Celebro este nuevo libro de Griselda García. Sigue buscando, sigue explorando. No le incomodó ni le incomoda poner las manos en las vísceras.
Sólo aconsejo entregarse a la lectura y disfrutar de una de las poetas jóvenes más cautivantes que produjo la poesía argentina. Que a pura propuesta, trabajo y talento, supo convivir y hacerse un merecido lugar entre la dinastía que constantemente quiere apoderarse de cómo escribir poesía.
 
ClaudiO LoMenzO

Revista La Guacha, Año 12, n° 32, Buenos Aires.

Griselda García, El ojo del que mira, algunos poemas


Trampa sagrada



I

 

Dice que aún no he visto nada

que todavía no empezó.

Lanzo luces

veo y traspaso.

 

Descansá en mí, dice.

¿De qué conjuros no será capaz

un mago joven herido de luz?

No va a asustarlo

una aprendiz de bruja.


Abre mi mano

y pone entre mis dedos

una llave.

Luego: fuego, detonación.

 

La serpiente dormida

abre un ojo.

 




II

 


Aún no he visto nada, dice.

Le pido que lo sepa todo.

Nunca creí que pasaría
por el ojo de la aguja.

Nada que hacer
con el rojo que escapa.
Un mal movimiento
arruina años de práctica.




III


Una nube celeste
cubre el ojo de la anciana.
Lava mi herida
con azúcar blanco
que detiene el rojo.
Actúa por presencia
actúa por contacto
Toca y regala dones.
Asiente, y cada inclinación
de su cuello
es una estrella que se enciende.
La sabia de la flor de mil pétalos
sabe sin necesidad de preguntar.
Nodriza de luz:
¿pasaré por el ojo de la aguja?

Algo se abre paso
y busca salirme.




El profesor de piano


Te veo entrando
detrás el cielo morado
tu camisa muy blanca
la corbata suelta
al final del día.

El oficio hizo bellas tus manos
cómo no mirarlas
cuando las hacés volar.

Hora en que la luz baja
el cielo está por llorar.
Ajenos a todo
esperamos el agua
dejamos que el tiempo pase.




Liturgia

 

 

En los momentos más altos

desde puntos lejanos

los veo acercarse

vienen a mí con ofrendas.

 

Doy mi cuerpo y comen

doy mi sangre y beben.

 

Vivo en ellos

como la madre en los hijos

que un día le darán la espalda.

 

Casta de cuervos

que hubiera preferido

no engendrar.

 


Griselda García, El ojo del que mira, La carta de Oliver, 2009






Edgard Bayley, Es infinita esta riqueza abandonada



esta mano no es la mano ni la piel de tu alegría
al fondo de las calles encuentras siempre otro cielo
tras el cielo hay siempre otra hierba playas distintas
nunca terminará es infinita esta riqueza abandonada
nunca supongas que la espuma del alba se ha extinguido
después del rostro hay otro rostro
tras la marcha de tu amante hay otra marcha
tras el canto un nuevo roce se prolonga
y las madrugadas esconden abecedarios inauditos islas remotas
siempre será así
algunas veces tu sueño cree haberlo dicho todo
pero otro sueño se levanta y no es el mismo
entonces tú vuelves a las manos al corazón de todos de cualquiera
no eres el mismo no son los mismos
otros saben la palabra tú la ignoras
otros saben olvidar los hechos innecesarios
y levantan su pulgar han olvidado
tú has de volver no importa tu fracaso
nunca terminará es infinita esta riqueza abandonada
y cada gesto cada forma de amor o de reproche
entre las últimas risas el dolor y los comienzos
encontrará el agrio viento y las estrellas vencidas
una máscara de abedul presagia la visión
has querido ver
en el fondo del día lo has conseguido algunas veces
el río llega a los dioses
sube murmullos lejanos a la claridad del sol
amenazas
resplandor en frío
no esperas nada
sino la ruta del sol y de la pena
nunca terminará es infinita esta riqueza abandonada

Edgar Bayley
(Buenos Aires, 1919-1990), La vigilia y el viaje, Editorial La razón ardiente, 1961.

Roberto Malatesta, El comerciante opina sobre el ocio



Ustedes los poetas
en mucho se parecen a los santos:
pasan el tiempo haraganeando,
yo hombre de negocios, no diga comerciante,
y esto sí es santidad, construyo su futuro.
Yo cuento mis ganancias al fin de cada día,
duermo con ojo atento a la oportunidad.
No tengo tiempo para el ocio,
esa escuela no incumbe a mis conocimientos.
Soy práctico, leo el cerebro
del hombre simple y sé
en qué gastará su dinero.
Ustedes los poetas vaciarían el mundo,
tan pintorescos, pero mi día los desprecia.
Aprenda esto ya: todo se compra y vende,
hasta los hippies fueron buen negocio.
Y de una buena vez: ¡póngase a trabajar!


Roberto Malatesta (Santa Fe, 1961), Cuaderno del no hacer nada, Editorial Sigamos Enamoradas, 2009.

Ignacio Uranga, El sueño de Laura



Ahora, a dieciséis años de no escupir al caminar
a dieciséis de no mear en los potreros, ahora que
el Lito espera un hijo, que Haroldo va por el
segundo; ahora que el Preso se mudó y no lo
veo; ahora, que caigo en la cuenta de que al Rodi
hace diez años lo mataron dos veces: la primera
por error, la otra jugando; ahora, que no puedo, que
no puedo; al barrio no vuelvo por miedo a mí
mismo, porque ahora el chico es un ilustrado que
asiste a la academia y evita ensuciarse los zapatos; ahora
que la licenciada en ciencias psicológicas Erzetic Paula
diagnosticó neurosis, y el psiquiatra no se pone de acuerdo
con la enfermedad y la droga para la cura; ahora, que es
un intelectual convertido, un converso pibe del barrio Colón
que antes escupía y meaba el portón de cualquier vecino, ahora
que sufre porque de las palabras no se vuelve: el siete de octubre
Laura soñó le decía: no quiero más esto, Laura, no quiero más esto


Ignacio Uranga (Bahía Blanca, 1982), El ella real, Hemisferio Derecho Ediciones, 2009.

Maeve López, Apenas un caballo


coma fibra para no constiparse
vaya regularmente al dentista
no fume no beba café no beba no fornique
trátese la infección vaginal
cómprese un bolso nuevo consiga el huevo de oro
cuídese cuídese que la vida es larga aquí
hay que hacer algo con ella
cuidarla amorosa y remendarla
embalsamarse maquillarse
para lucir bien reluciente como chancho de lujo
en el cajón forrado de raso



 

Maeve López (Montevideo, Uruguay, 1946), Apenas un caballo, Editorial Naine Blanche, Canadá, 1988.

Alejandro Schmidt, Por qué leo poemas en el trabajo



no es para salvarme de los animales

luis chavez dice que
el tiempo no entiende de estas cosas
para él
todos somos animales

la poesía detiene el tiempo
no es para pasar el tiempo
que leo en la oficina

conozco las reglas
mantengo las distancias
estas cuestiones de empleado
resultan inútiles para leer

soy interrumpido
soy un pobre y contumaz mediocre
lo cual no se remedia
leyendo poemas en el trabajo
ni escribiéndolos
o sintiendo que no importa
que voy hacia la muerte
con una línea de dios
y los labios cerrados

pero
otra vez
abro francamente ese libro
de Kavafis
adivino los rumores de Alejandría
y me embrutezco de soledad
de silencio.


Alejandro Schmidt (Villa María, Córdoba, 1955), Silencio al fondo, Ediciones Salido/ Ediciones Radamanto, 2000.

Hugh Hazelton, Antimateria



en una calma tarde
estoy sentado leyendo
y cuando levanto la vista para reflexionar
un glaciar azul de repente
estalla a través de la ventana
haciendo volar mesas y estantes
enterrando libros bajo toneladas de hielo 
que se disuelven en tibios iridiscentes mares turquesa
donde unos trilobites flotan serenamente chapoteando con centenares de patas
el piso cede y el suelo mismo se derrite y se quema hasta cenizas
estoy parado en el espacio
faltan eones para que nazca y hace eones que me he muerto
ni siquiera estamos aquí, estamos mirando el mar salvaje desde la costa de Tasmania
máquinas están despedazando el edificio a mi alrededor y están dirigiendo los fragmentos
y así que voy naciendo y así que mis pulmones cesan de respirar
una vasta visión huracanada de la simultaneidad del tiempo
desgarra mi mente prisionera del cerebro
miríadas de minúsculas líneas de existencia tendidas entre pares de puntos sobre superficies
que no son planos ni esferas ni ningún otro símbolo que una sola partícula 
dentro del todo se pudiera imaginar
siendo y no siendo
están ahora
unas nebulosas que explotan y se funden
y preguntándome si pudiera permanecer en el instante universal
vuelvo a mirar al jardín y veo un tricératops comiendo la lechuga
y alargo la mano
para darte 
este poema.




Hugh Hazelton, Antimateria, La Cita Trunca, Canadá, 2009.

Daniel Freidemberg, Puntos sólidos



No estamos de acuerdo, eso está bien
No nos importa estar de acuerdo
"Ese es todo un acuerdo" dije
en el espacio lento que juntaban
unas pocas palabras
Todo es tan claro, entonces, cuando
toco apenas tu mejilla
tranquila y pálida en la luz
Se nubla un poco la mañana
pero el sol
sigue en tus ojos, como cuando
bajás la taza y sonreís
como brindando por
las buenas cosas aún posibles

Daniel Freidemberg (Chaco, Argentina, 1945), Diario en la crisis, Libros de Tierra Firme, 1990.

Emiliano Bustos, Fundar




Toda lentitud en mi vida fue crucial.
Yo hice de la lentitud para hablar,
morder, mirar
y amar,
un pequeño bastión de largas galerías
iluminadas por mi mirada.
Una torre de habitaciones abiertas
con cortinas de pulpa de manzana.
Mis cíclicas construcciones de arquero.
Como una funda.
Fundar en mi otra vida dos palideces:
la una, la de la luna,
la otra, la del sudario.


 

Emiliano Bustos (Buenos Aires, 1972), Trizas al cielo, Ediciones de Tierra Firme, 1997.

Jorge Rivelli, Philip K. Dick



"sueñan los androides con corderos eléctricos"
y no te vi brillar en la nebulosa bonaerense
ni una luz de almacén o vela en un plato de loza
¿se llevaron también la energía eléctrica?
sueño que hubo un chip que iluminaba mi cordero
en la pampa esa del ombú y argentina ¿sabés?
¡pará de vomitar el dogui!... ya nada es nuestro
sueño que hubo sueño que hubo o sólo hubo
una forma de país con poetas y corderos
cayendo en la última página de una historia oficial
y ahora no puedo ver más que mis hermanos
androides soñando con corderos eléctricos
¡no llores más ese aceite que mata la silicona!
no llores más... es una acción repetitiva de humanos
frágiles corruptos saltando de mentira en mentira
para dejar sin alma a un pedazo de tierra negra
¡cheeee!... da vuelta la página... esto siempre lo vivimos
blanco blanco blanco
pronto estarán las mariposas de parto ¿pronto estarán?
cavando las venas secas de los próximos ancestros
esos que fugaron a la eternidad y siempre padecimos
¡torcé el pescuezo felipe!     estamos en el infierno
una y otra vez androides dormidos nos hablan del muerto
del carajo globalizado que sabe de todo menos de todos
y seguimos comiendo los ásperos fármacos
para seguir soñando con intrépidos androides
en cáscaras de corderos


 

Jorge Rivelli (Buenos Aires, 1954), Matambre, Papeltinta ediciones, 2004.

Claudia Elisabet Sastre, Furiosito



Hay "poemitas"
por decirlo así
con muchas "comillitas"
poemitas gerundiosos
que me enfurecen.
Eunuquitos.
Cuzquitos del hortelano.
Estériles caquitas de perro
que personas sin arte
sin el menor amor a la poesía
escupen al mundo
como carozos de ego
y por culpar
al lugar común de tener
un árbol, escribir un hijo
y plantar un libro
de insulsos frutos.
No han venido estos poemas
de acumulaciones adjetivas
a conmover a nadie, excepto
-ya lo he dicho-
al ego de su autor
(poeta no me animo a decirle
y de alguna manera hay que llamarlo).
Alzo mi copa y brindo´
por la libertad de expresión
y larga vida al papel
sobre el cual se han vertido
tantas vacuedades.
Brindo por el vómito
de Dylan Thomas
en su wisky número dieciocho
por los aullidos de Allen Ginsberg
y por los guturales murmullos
de Paul Celan
a punto de saltar al río Sena,
por la pájara en el ojo ajeno
de Alejandra, por las alturas
que los poetas eunuquitos no
visitarán jamás
y porque esa especie de cópula
sin placer, por la mera producción
de engendros de rosas mustias
letrados sin lenguaje
produce, cuanto menos
abortos de poesía,
y en los mejores casos,
hijos tontos.

Claudia Elisabet Sastre (La Plata, Buenos Aires, 1965).

Luis Pereira, Manual para seducir poetisas


buen intento. casi funcionó.
la escena del adiós ya cansa. la reiteración en la pantalla
de los gestos de la chica. casi obscena la emoción de los dos.
abril del año del dragón. sutiles creencias. a prueba de
pequeños sismos. los canales de tevé anuncian el fin del
romance. eso eran. un romance de
consumo
rápido.

Luis Pereira (Montevideo, Uruguay, 1956), Manual para seducir poetisas, Civiles iletrados, 2004.

Paulina Vinderman, Black Mask




En la novela negra
ella no se enamoraría del asesino,
sería la torva ingenua bailarina de cabaret
o la dulce —nada ingenua—
muñeca con ojos como ciervos, pelo
para agitar en el viento entre las acacias.

En la novela negra
no podría jamás cruzar la línea,
bajo su respiración
estarían los muros amarillos,
la seducción de un héroe al que abrazar.

Y ya no importaría la tensión del poema
o de su espalda
soportando el mundo.

En la novela negra ella no tendría esta asfixia,
este estribillo que envejece
a medida que come de su pan
y abre los brazos en la oscuridad
en un escándalo incumplido.

Si algo la habita
es la memoria de un puerto insignificante
y caluroso
donde la muerte no era un estallido
sino una conversación, una clara evidencia.


 

Paulina Vinderman (Buenos Aires, 1944), Cónsul honoraria, Ed. Vinciguerra, 2003.

Emeterio Cerro, Carnetes de Recoleta


Foto tomada de aquí


Dos angelotes siempre cocidos a ala damas sociales y desmayadas desnucan sobre negro prognato, no es desesperanza, es jolgorio prole histérica, allí a puerta quedaron travestonadas, pidiendo prójimo, siempre prolíficas. Panteón Familia José C. Paz.

Virgencita empajada tal liebre dura, Familia de Urquiza.

Hornuchos encorchados ombligo por vieja promanada bretel pretino. Flia. de Justo Saavedra y Luis Saavedra.


Al pináculo gusanillo trepante, un yuyo religioso le pendeja celebrado prestidigitador. Flia. de José Manuel Estrada.

Profunda calma príapo improvisado, campesina napoleónica con su bata popurrí apretando muslo deja volcar cuenco, sangre pop-art azulada, así vida escapa por descuido mucamo. Flia. de Manuel Alcorta.
(...)


Emeterio Cerro (Balcarce, 1952-1996), Cuervo en gomina, Ediciones de la Pampa Chata, Junín, 1996.

Silvia Castro, Antes de saber



Antes de saber
que tu fruto era comida

tu fruto fue veneno
fruto prohibido

aún temo la ira de Nguenechén

llueve sopa de piñón
pero mi boca se cierra
como el ojo que mira un secreto.


Silvia Castro (General Roca, Río Negro, 1968), La selva fría, Ediciones En Danza, 2006.

Julia Wong, El gallo rojo



A Wata, in memoriam
Se muere el Perú.
Como los ajos
este albur de camisas
con maestría cortadas.
Las ventanas de fierro.
Barrocas.
Incesantes.
La pintura manchando mis ovarios.

Ahora el sushi se ha vuelto idioma
del pueblo
y mis tallarines poderosos
esperan en una olla olvidada.

Papá dijo que odiara a los japoneses
como dicen que odie a los chilenos.
Mas, de tanto amor,
no encuentro diferencias
entre el cerezo, la sakura, la flor de loto y el olivo:
Jsucristo tamiza en el Atacama
semillas de uva colorida.

Se muere el Perú, Wata,
y sólo recuerdo lo que dijiste de mi tía:
"Estaba buena tu tía Carmen,
no parecía china".
Sonreí sin ofenderme, porque en el Perú nadie
parece nada.

Había un chifa.

Tomabas sopa wantan
con tus amigos chinos,
y mientras se buscaba un emblema
que superaba el centímetro y medio
de diferencia en los párpados,
un gallo rojo
emitía un sonido más fuerte que la nada.

Se nos muere el Perú.
El canto del gallo volverá cuando vuele la piedra.





Julia Wong (Chepén, Perú, 1965), Bi-Rey-Nato, El Suri Porfiado, 2009.

Alfredo Luna, Como los árboles, no podemos huir


ese tiempo, cuando tu cuerpo era
una tempestad espléndida de proezas fabulosas,
no pude resistir la tentación de mirar el universo
con ojos de árbol y nube: me colma
la embriaguez de esos días demorados.

yo, diosa en trance, persisto
implorando pan y socorro
Tú, a lo lejos, eres la parte más sombría de mi fe.

Alfredo Luna
, La mirada sonora, Ed. La palabra mágica. 2008

Marina Serrano, Cena




En el interior blando
ella amolda la lengua
y su tanteo protector se propaga
hacia mis dedos en pinza
hacia lo más medial y caudal del hipogastrio,
al moverla hacia atrás
sus labios se adhieren
limpian el metal.

La de tibias largas amplía la oscuridad
mientras sus dedos, arriados en silencio
exageran mi curvatura lumbar y disparan
la mano aprehensiva.

Tras la espalda el goce no se vislumbra
entonces, puedo demorarlo.


Marina Serrano (Quequén, Buenos Aires, 1973), La diástasis de las tibias largas, Ed. Sigamos Enamoradas, 2008.


Marcelo Leites, Lombriz





Protegida por la oscuridad,
húmeda recorre el suelo
debajo de todas las cosas.
Ignora lo que ocurre en la tierra
y en otros planetas del espacio.
No ha visto nunca las estrellas,
ni el perro que  le orina encima.
Ciega a sus anillos no sabe
que sus túneles oxigenan
las plantas del jardín,
del asco de la nena  cuando
corta una rosa y la descubre
confundida en un pétalo caído
una noche cualquiera.
                                      Tampoco sabían los chinos
                                  que la muralla sería la única obra
                                      humana visible desde la luna,
                                  sólo supieron de las generaciones
                                  de hombres que se morían mientras
                                                 la  construían.

Los animales no necesitan
conocimientos para sobrevivir.
La lombriz tampoco.
Con el instinto le basta.
Toca con sus patas el agua
de la regadera de jardín
que una señora le arroja
desde el mundo de arriba
y se escabulle de la luz
y de las heladas.
Muere en la boca del pescado
pero se reproduce incesante:
ciega, solitaria, tenaz, 
fecunda la tierra.


Marcelo Leites
(Concordia-Entre Ríos, 1963), Resonancia de las cosas, Ediciones En Danza, 2009.

Rolando Revagliatti, Ya tengo mis años


Foto: Daniel Grad


Así como
en mi
    –forzosamente–
imperfecta juventud

si estabilizaba a una dama inestable
me estabilizaba yo más que si
desestabilizaba a una dama estable

en la actualidad

si desestabilizo a una dama estable
me estabilizo yo más que si
estabilizo a una dama inestable

Perfecta
    madurez.






 

Rolando Revagliatti (Buenos Aires, 1945), Corona de Calor, Ediciones La luna que, 2003. Disponible aquí.