Henri Michaux | Este es el sitio del taciturno...






Henri Michaux | Este es el sitio del taciturno...


Este es el sitio del taciturno
y del enrollado
y de la reanudación indefinida.
Una mujer retira una camisa,
que deja ver otra camisa, que ella retira,
que deja ver otra camisa que ella retira,
que deja ver otra camisa que ella retira,
que deja ver otra camisa,
y el descanso de la desnudez
no llega nunca.


Henri Michaux (Bélgica, 1899 - París 1984). Sin datos del traductor.

Dylan Thomas | En mi oficio o mi arte sombrío



Dylan Thomas | En mi oficio o mi arte sombrío


En mi oficio o mi arte sombrío
ejercido en la noche silenciosa
cuando sólo la luna se enfurece
y los amantes yacen en el lecho
con todas sus tristezas en los brazos,
junto a la luz que canta yo trabajo
no por ambición ni por el pan
ni por ostentación ni por el tráfico de encantos
en escenarios de marfil,
sino por ese mínimo salario
de sus más escondidos corazones.

No para el hombre altivo
que se aparta de la luna colérica
escribo yo estas páginas de efímeras espumas,
ni para los muertos encumbrados
entre sus salmos y ruiseñores,
sino para los amantes, para sus brazos
que rodean las penas de los siglos,
que no pagan con salarios ni elogios
y no hacen caso alguno de mi oficio o mi arte.


Dylan Thomas (Gales, 1914 - Nueva York, 1953), Poemas completosTraducción: Elizabeth Azcona Cranwell

José Watanabe | Animal de invierno



José Watanabe | Animal de invierno


Otra vez es tiempo de ir a la montaña
a buscar una cueva para hibernar.


Voy sin mentirme: la montaña no es madre, sus cuevas
son como huevos vacíos donde recojo mi carne
y olvido.
Nuevamente veré en las faldas del macizo
vetas minerales como nervios petrificados, tal vez
en tiempos remotos fueron recorridos
por escalofríos de criatura viva.
Hoy, después de millones de años, la montaña
está fuera del tiempo, y no sabe
cómo es nuestra vida
ni cómo acaba.


Allí está, hermosa e inocente entre la neblina, y yo entro
en su perfecta indiferencia
y me ovillo entregado a la idea de ser de otra sustancia.


He venido por enésima vez a fingir mi resurrección.
En este mundo pétreo
nadie se alegrará con mi despertar. Estaré yo solo
y me tocaré
y si mi cuerpo sigue siendo la parte blanda de la montaña
sabré
que aún no soy la montaña.




José Watanabe (Laredo, 1945 - Lima, 2007), Cosas del cuerpo. Lima. 1999.

Yorgos Seferis | Botella en el mar

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Yorgos Seferis | Botella en el mar


Tres rocas unos pocos pinos quemados y una ermita y más arriba
el mismo paisaje copiado recomienza;
tres rocas en forma de pórtico, herrumbrosas
unos pocos pinos quemados, negros y amarillos
y una casita cuadrada sepultada en la cal;
y más arriba todavía muchas veces
el mismo paisaje recomienza escalonado
hasta el horizonte hasta el cielo en ocaso.
Aquí anclamos el barco para reparar los remos quebrados,
para tomar agua y dormir.
El mar que nos amargaba es profundo e inescrutable
y despliega una serenidad infinita.
Aquí entre los guijarros hallamos una moneda
y la jugamos a los dados.
La ganó el menor y desapareció.
Nos volvimos a embarcar con nuestros remos quebrados.
  

Yorgos Seferis (Esmirna, 1900- Atenas, 1971).



N. B.: No sé de quién es esta traducción pero suena muy bella.



Javier Adúriz | Esto es así


Javier Adúriz | Esto es así



No hay nada como los parques, los jardines y las quintas. Ahí se concibe la imaginación contemplativa, que es más veloz que un auto con caja de quinta. Subir a los árboles puede llevarte a otra dimensión, encontrar tal vez una libertad desconocida. O al menos un consuelo, cuando obispos, generales y directores de colegio te encadenan a una silla para tomar la sopa de agua podrida.



Javier Adúriz (Buenos Aires, 1948). Esto es así. Ediciones Del Dock. 2009.

Diego E. Suárez | Fuera, de caza, un día de lluvia


Diego E. Suárez | Fuera, de caza, un día de lluvia


en esta escena de la jungla de asfalto
abro el paraguas para que empiece a llover
y una cazadora de colectivos pierde a su presa
teniéndola a tiro del brazo extendido

la fiera fugitiva hace caso omiso
del silbido de algunos nativos
ni siquiera un grito somnífero
adormila su paso

en la cuadrilla de cazadores ella se distingue
por los invisibles en el pelo el uniforme azul
el portafolios y en la misma mano una bolsa
con rollos de papel afiche

pone en práctica la paciencia
(el mejor arma de Artemisa)
observando los dibujos concéntricos
hechos por las gotas en los charcos
donde chapotea la luz de la mañana

no pasa mucho tiempo y mansamente
se aproxima otra presa

que resoplando se detiene a sus pies
y abre las fauces derrotada.


Diego E. Suárez (Posadas, Misiones, 1979), Ser en el colectivo. Santa Fe. 2009.

Andrés Bohoslavsky | Ceguera



Andrés Bohoslavsky | Ceguera

"Si un hombre escucha por la mañana el camino correcto
puede morir por la tarde sin arrepentimiento."
Confucio

Cuando llegamos al borde del precipicio
debía empujar a Harry, el ciego,
y cumplir de una vez y para siempre
con su pedido.

Él estaba harto de la indiferencia del mundo
de la burla de la gente
de vivir como un mendigo.
De que el único que leyera sus poemas fuera yo.

Lo abracé, le dije que entendía perfectamente;
lo miré a los ojos
le puse este poema en el bolsillo
y me arrojé.



Andrés Bohoslavsky (Río Negro, 1960), El pianista del Black Cat y otros poemas. Editorial La carta de Oliver. 2007.

Héctor Viel Temperley | Neuquén


Héctor Viel Temperley | Neuquén


Dobladito en las rodillas,
listas blancas, fondo negro,
el patrón se lo cobró
siete mil quinientos pesos.

Íbamos mirando el aire
de Neuquén, que es tan abierto.
Por hablar le ponderé
el poncho a un paisano viejo.


Héctor Viel Temperley (Buenos Aires, 1933-1987), Obra completa. Ediciones Del Dock.

Irene Gruss | El té



Irene Gruss | El té


Está sentada frente a mí
y hace ruidos con la taza, la golpea sin querer.
Está loca pero la que desea
matarla soy yo.
Si le comento cualquier asunto, ella pregunta
con tono de loca más que dubitativa: ¿ah, sí?
Ahora está
diciéndome que hay vidrios rotos
en su barriga, la cortan, duele.
Miro la taza que golpeaba, intacta,
y el té que viene hacia mí, de a poco,
rogando algo que no entiendo. El líquido
toma una forma que me asusta, y al mismo tiempo
sé que lo que pide
es piedad, ayuda; es té tibio
sobre la mesa y
es mi hermana.


Irene Gruss (Buenos Aires, 1950), Solo de contralto. Galerna. Buenos Aires. 1997.

Crítica de El ojo del que mira, por Claudio LoMenzo




Vigía de sí misma
Griselda García, El ojo del que mira, Ediciones La Carta de Oliver, 2009.


Algunos poetas son mucho más interesantes por lo que sugieren que por lo que dicen. No es así como García construye su poética. En esta poética lo que la palabra del poeta dice, dice. Y es así, diciendo, por contraste o contraluz, como va edificando lo poético. 

Pero García sabe muy bien que la palabra aún diciendo lo que dice, siempre dice una parte. La otra parte la completa el oficio del poeta para componer la escena y, claro, el lector. 

Entonces la palabra, apenas siendo lo que es y lo que no, comienza a ser funcional a lo que inmediatamente promueve el poeta y certera a lo que en breve comenzará a percibir el lector. 

En sus libros anteriores se había preocupado por ir develándonos algunos de sus propósitos. Lo hizo en El arte de caer, donde intentó hacer de sus caídas un arte; en La ruta de las arañas, un camino luminoso entre tempestades; y también lo hace ahora en El ojo del que mira, develándonos otro de sus anagramas: el ojo del que mira es su propio ojo. 

Pero ¿cómo es el ojo del que mira? García mira con un ojo puesto en el deseo y el otro en la imaginación. Y ambos construyen el sustrato de cada poema que es la mismísima realidad latiendo, es decir: su propia realidad. Es entonces desde ese mundo propio donde presiona al lector a tomar partido, a comprometerse con lo que siente/ve/dice. A que se haga cargo de ese límite que nos impone el dolor, de la belleza si la hubiera y de la propia vida si estás a punto de dejarla a un costado. 

Griselda te limpia la escena pero te va a querer sentado un largo rato frente a esa silla rodeada de espejos, avanzando en una montaña rusa que por destino lo tiene al presente, siempre al presente. 

A mitad de camino el tema parece descompensarse un poco. Ella parece darse cuenta que la propuesta es ambiciosa pero no le va a preocupar cambiar. Y el giro lo vas a percibir porque ella va a volver a confiar en su voz: “Doy mi cuerpo y comen / doy mi sangre y beben”. 

A vos lector te digo que ni bien abras las páginas de El ojo del que mira, ella va sentarte en sus rodillas y no vas a poder pedirle que se detenga hasta que hayas tocado fondo. No va a soltarte del cuello ni aún pidiéndole por favor: “Vos, lobito mío / sos una de las crías / que no alcancé a devorar”. 

Y cuidado con moverte: “un mal movimiento / arruina años de práctica”. 

Celebro este nuevo libro de Griselda García. Sigue buscando, sigue explorando. No le incomodó ni le incomoda poner las manos en las vísceras. 

Sólo aconsejo entregarse a la lectura y disfrutar de una de las poetas jóvenes más cautivantes que produjo la poesía argentina. Que a pura propuesta, trabajo y talento, supo convivir y hacerse un merecido lugar entre la dinastía que constantemente quiere apoderarse de cómo escribir poesía.


ClaudiO LoMenzO



Revista La Guacha, Año 12, n° 32, Buenos Aires.

Edgard Bayley | Es infinita esta riqueza abandonada




Edgard Bayley | Es infinita esta riqueza abandonada



esta mano no es la mano ni la piel de tu alegría
al fondo de las calles encuentras siempre otro cielo
tras el cielo hay siempre otra hierba playas distintas
nunca terminará es infinita esta riqueza abandonada
nunca supongas que la espuma del alba se ha extinguido
después del rostro hay otro rostro
tras la marcha de tu amante hay otra marcha
tras el canto un nuevo roce se prolonga
y las madrugadas esconden abecedarios inauditos islas remotas
siempre será así
algunas veces tu sueño cree haberlo dicho todo
pero otro sueño se levanta y no es el mismo
entonces tú vuelves a las manos al corazón de todos de cualquiera
no eres el mismo no son los mismos
otros saben la palabra tú la ignoras
otros saben olvidar los hechos innecesarios
y levantan su pulgar han olvidado
tú has de volver no importa tu fracaso
nunca terminará es infinita esta riqueza abandonada
y cada gesto cada forma de amor o de reproche
entre las últimas risas el dolor y los comienzos
encontrará el agrio viento y las estrellas vencidas
una máscara de abedul presagia la visión
has querido ver
en el fondo del día lo has conseguido algunas veces
el río llega a los dioses
sube murmullos lejanos a la claridad del sol
amenazas
resplandor en frío
no esperas nada
sino la ruta del sol y de la pena
nunca terminará es infinita esta riqueza abandonada


Edgar Bayley (Buenos Aires, 1919-1990), La vigilia y el viaje. Editorial La razón ardiente. 1961. Voz.

Roberto Malatesta | El comerciante opina sobre el ocio



Roberto Malatesta | El comerciante opina sobre el ocio


Ustedes los poetas
en mucho se parecen a los santos:
pasan el tiempo haraganeando,
yo hombre de negocios, no diga comerciante,
y esto sí es santidad, construyo su futuro.
Yo cuento mis ganancias al fin de cada día,
duermo con ojo atento a la oportunidad.
No tengo tiempo para el ocio,
esa escuela no incumbe a mis conocimientos.
Soy práctico, leo el cerebro
del hombre simple y sé
en qué gastará su dinero.
Ustedes los poetas vaciarían el mundo,
tan pintorescos, pero mi día los desprecia.
Aprenda esto ya: todo se compra y vende,
hasta los hippies fueron buen negocio.
Y de una buena vez: ¡póngase a trabajar!


Roberto Malatesta (Santa Fe, 1961), Cuaderno del no hacer nada. Editorial Sigamos Enamoradas. Buenos Aires. 2009.

Ignacio Uranga | El sueño de Laura



Ignacio Uranga | El sueño de Laura


Ahora, a dieciséis años de no escupir al caminar
a dieciséis de no mear en los potreros, ahora que
el Lito espera un hijo, que Haroldo va por el
segundo; ahora que el Preso se mudó y no lo
veo; ahora, que caigo en la cuenta de que al Rodi
hace diez años lo mataron dos veces: la primera
por error, la otra jugando; ahora, que no puedo, que
no puedo; al barrio no vuelvo por miedo a mí
mismo, porque ahora el chico es un ilustrado que
asiste a la academia y evita ensuciarse los zapatos; ahora
que la licenciada en ciencias psicológicas Erzetic Paula
diagnosticó neurosis, y el psiquiatra no se pone de acuerdo
con la enfermedad y la droga para la cura; ahora, que es
un intelectual convertido, un converso pibe del barrio Colón
que antes escupía y meaba el portón de cualquier vecino, ahora
que sufre porque de las palabras no se vuelve: el siete de octubre
Laura soñó le decía: no quiero más esto, Laura, no quiero más esto


Ignacio Uranga (Bahía Blanca, 1982), El ella real. Hemisferio Derecho Ediciones. Bahía Blanca. 2009.

Maeve López, Apenas un caballo


coma fibra para no constiparse
vaya regularmente al dentista
no fume no beba café no beba no fornique
trátese la infección vaginal
cómprese un bolso nuevo consiga el huevo de oro
cuídese cuídese que la vida es larga aquí
hay que hacer algo con ella
cuidarla amorosa y remendarla
embalsamarse maquillarse
para lucir bien reluciente como chancho de lujo
en el cajón forrado de raso



 

Maeve López (Montevideo, Uruguay, 1946), Apenas un caballo, Editorial Naine Blanche, Canadá, 1988.

Alejandro Schmidt | Por qué leo poemas en el trabajo


Alejandro Schmidt | Por qué leo poemas en el trabajo


no es para salvarme de los animales

luis chavez dice que
el tiempo no entiende de estas cosas
para él
todos somos animales

la poesía detiene el tiempo
no es para pasar el tiempo
que leo en la oficina

conozco las reglas
mantengo las distancias
estas cuestiones de empleado
resultan inútiles para leer

soy interrumpido
soy un pobre y contumaz mediocre
lo cual no se remedia
leyendo poemas en el trabajo
ni escribiéndolos
o sintiendo que no importa
que voy hacia la muerte
con una línea de dios
y los labios cerrados

pero
otra vez
abro francamente ese libro
de Kavafis
adivino los rumores de Alejandría
y me embrutezco de soledad
de silencio.


Alejandro Schmidt (Villa María, Córdoba, 1955). Silencio al fondo. Ediciones Salido/ Ediciones Radamanto. 2000.

Hugh Hazelton, Antimateria



en una calma tarde
estoy sentado leyendo
y cuando levanto la vista para reflexionar
un glaciar azul de repente
estalla a través de la ventana
haciendo volar mesas y estantes
enterrando libros bajo toneladas de hielo 
que se disuelven en tibios iridiscentes mares turquesa
donde unos trilobites flotan serenamente chapoteando con centenares de patas
el piso cede y el suelo mismo se derrite y se quema hasta cenizas
estoy parado en el espacio
faltan eones para que nazca y hace eones que me he muerto
ni siquiera estamos aquí, estamos mirando el mar salvaje desde la costa de Tasmania
máquinas están despedazando el edificio a mi alrededor y están dirigiendo los fragmentos
y así que voy naciendo y así que mis pulmones cesan de respirar
una vasta visión huracanada de la simultaneidad del tiempo
desgarra mi mente prisionera del cerebro
miríadas de minúsculas líneas de existencia tendidas entre pares de puntos sobre superficies
que no son planos ni esferas ni ningún otro símbolo que una sola partícula 
dentro del todo se pudiera imaginar
siendo y no siendo
están ahora
unas nebulosas que explotan y se funden
y preguntándome si pudiera permanecer en el instante universal
vuelvo a mirar al jardín y veo un tricératops comiendo la lechuga
y alargo la mano
para darte 
este poema.




Hugh Hazelton, Antimateria, La Cita Trunca, Canadá, 2009.