Dario Bellezza | Por despertar esta mañana...





Dario Bellezza | Por despertar esta mañana...


Por despertar esta mañana mi
pereza salto con el pene en alto
hacia el mundo. Vuelvo a pensar en tu
hermoso sol despedazado anoche
y otra vez muero en esta ciega cárcel.
Me miro en torno: piedra ciudadana,
piedra tan sólo para mi desgracia,
mientras sería hermoso que naturaleza
premiase en días serenos esta vida
perdida. Entonces ya no me refrena
dolor o maravilla. Aferro
el duro miembro y lo sacudo en vano
hasta el más blanco luto.




Per risvegliar mattina la mia...

Per risvegliar mattina la mia/ inedia salto su a cazzo dritto verso/ il mondo; ripenso al tuo bel/ sole lasciato a pezzi, ieri sera e rimoio/ sconsolato in cieco carcere./ Mi guardo intorno: piedra cittadina,/ piedra soltanto per me sciagurato,/ mentre bello sarebbe che natura/ premiasse in dì sereni mia vita/ perduta. Allora non m´affrena più/ dolore o meraviglia. Prendo/ l´astato membro e lo agito invano/ fino al più bianco lutto.


Dario Bellezza (Roma, 1944- 1996), El astro disperso. Últimas transformaciones de la poesía en Italia (1971-2000). Antología bilingüe con estudio crítico de Pablo Anadón. Ediciones del Copista. Córdoba. 2001.


Libros recibidos


Moebius, de Liliana Piñeiro, Vanesa Aldunate y Lilián Cámera. Tres mujeres que, así como al pasar, se hacen un par de preguntas sobre temas universales y te dejan pensando. Va un poema de cada una.


Oleaje

¿Es la cara ese músculo riente? Lo encerrado en el cuerpo golpea contra el borde pulido y barnizado. Lustrada educación. Brillo miserable de gentileza. El paisaje interior: aguas embravecidas sobre un territorio agrietado.
¿Será la muerte una broma atroz? ¿Abrirá las compuertas con la melodía del quejido, o sellará para siempre la salida? Imposible saberlo. Y el oleaje sigue furioso, sin encontrar su cauce.

Liliana Piñeiro


Afección

Monstruosos mordiscos de lenguas
quiebran el abdomen

Insípidas manos duelen expuestas al sol rasgado
en la colina de sal

Y Tu cuerpo babea la hierba impura del contacto contigo

La coraza del alba sueña libertad de arquetipo

Y el sexto sentido huye magullado por los labios y el olor
de Tu miedo.

Vanesa Aldunate


Trama

(IV)

porque no tuve el suficiente vello
ni cosí el tajo con mentiras
porque ahogué mis axilas
en aguas de durazneros
porque me partí como una sandía
en la siesta de hoja a mármol
única avispa en el túnel
porque sublevé carozos
los retorcí bajo manos familiares
y abortaron un dolor de araña sin mosca
porque la boca era suave
y estrecha la cáscara que contenía
el llanto engendrado antes de mí
porque miraba por balcones
con su misma luz de crepúsculo
oscilando entre hiena y leona
porque orinaba sobre arena
la cabeza gacha ante el anhelo
sediente de mí
tibia de mí
porque no hubo presilla ni cierre
ni cinturón
ni oscilación de mi carne en pantalones
ni nueces secretas
que me invadieran de tontos presagios
porque se escurrió la sangre
en mil cañerías
en mil inodoros
en sábanas en colchones
como una marca ajena
como la marca de Diana y su jabalí hereje.

Lilián Cámera

Cesare Pavese, Mujeres apasionadas



Cesare Pavese, Mujeres apasionadas


Las muchachas bajan al agua en el crepúsculo,
cuando el mar se desvanece, extendido. En el bosque
toda hoja se estremece, mientras emergen cautas
sobre la arena y se sientan a la orilla. La espuma
hace sus juegos inquietos, junto al agua remota.

Las muchachas tienen miedo de las algas hundidas
bajo las olas, que agarran las piernas y los hombros
del cuerpo, tan desnudo. Vuelven rápidas a la orilla
y se llaman por el nombre, mirando alrededor.
También las sombras del fondo del mar, en lo oscuro,
son enormes y se las ve moverse inciertas,
como atraídas por los cuerpos que pasan. El bosque
es un refugio más tranquilo, en el sol menguante,
que el arenal, pero les gusta a las oscuras muchachas
sentarse al raso, en la sábana recogida.

Se acurrucan todas, apretando la sábana
a las piernas, y contemplan el mar extendido
como un prado en el crepúsculo. ¿Alguna osaría
tenderse ahora desnuda en un prado? Del mar
saltarían las algas, que rozan los pies,
para asir y anudarse al cuerpo tembloroso.
Hay ojos en el mar, que a veces vislumbran.

Aquella extranjera, desconocida, que nadaba de noche
sola y desnuda, en la sombra cuando cambia la luna,
desapareció una noche y ya no vuelve nunca.
Era grande y debía ser blanca y deslumbrante
para que los ojos, desde el fondo del mar, la alcanzaran.


Cesar Pavese (San Stefano Belbo, 1908 - Turín, 1950), Poemas inéditos, poemas elegidos. Traducción y prólogo: Horacio Armani. Ediciones Librerías Fausto. Buenos Aires. 1975.

Joseph Brodsky | Marca de agua



Joseph Brodsky | Marca de agua (fragmento)


A lo largo de estos años, en mis estadías prolongadas y en mis visitas breves, he sido, me parece, feliz y desdichado casi en igual medida. No importa lo uno o lo otro, aunque sólo fuera porque vine aquí no con propósitos románticos sino a trabajar, a terminar un artículo, a traducir, a escribir un par de poemas, siempre que estuviera de suerte; simplemente a ser. Es decir, ni para una luna de miel (lo más cerca que estuve de eso fue muchos años antes, en la isla de Ischia, o también en Siena) ni para un divorcio. Y así salieron las cosas. Felicidad o desdicha simplemente vendrían de acompañantes, aunque a veces se quedaran más tiempo que yo, como si estuvieran a mi servicio. Es una virtud, hace tiempo llegué a esa conclusión, no hacer una comida con nuestra vida emocional. Siempre hay bastante trabajo por hacer, para no mencionar el hecho de que afuera hay suficiente mundo. En últimas, siempre está esta ciudad. Mientras exista, no creo que yo, o si a eso vamos, nadie, pueda ser hipnotizado o cegado por la tragedia romántica. Recuerdo un día —el día en que tenía que irme después de haber pasado un mes solo. Acababa de almorzar, en una pequeña tratoría en la parte más remota de las Fondamente Nuove, pescado a la parrilla y media botella de vino. Con eso adentro, me encaminé al sitio donde estaba alojado, para recoger las maletas y tomar un vaporetto. Caminé un cuarto de milla a lo largo de las Fondamente Nuove, un pequeño punto movedizo de esa acuarela gigante, y luego tomé a la derecha por el hospital de Giovanni e Paolo. El día era caluroso, soleado, el cielo estaba azul y adorable. Y de espaldas a las Fondamente y San Michele, acariciando la pared del hospital, casi frotándola con el hombro izquierdo y parpadeando frente al sol, sentí súbitamente: soy un gato. Un gato que acaba de comer pescado. Si alguien se hubiera dirigido a mí en ese momento, habría maullado. Estaba absolutamente, animalmente feliz. Doce horas después, por supuesto, tras aterrizar en Nueva York, me di con el peor lío posible de mi vida —o uno que así me pareció en ese momento. Pero el gato en mí no se había marchado: de no ser por ese gato, ahora estaría trepando por las paredes de alguna clínica costosa.


Joseph Brodsky (San Petersburgo, 1940- Nueva York 1996), Marca de agua.

Bertolt Brecht | Parábola de Buda sobre la casa en llamas

Foto tomada de aquí


Bertolt Brecht | Parábola de Buda sobre la casa en llamas
 


Gautama, el Buda, enseñaba la doctrina de la Rueda de los Deseos,
a la que estamos sujetos, y nos aconsejaba
liberarnos de todos los deseos para así,
ya sin pasiones, hundirnos en la Nada, a la que llamaba Nirvana.
Un día sus discípulos le preguntaron:
«¿Cómo es esa Nada, Maestro? Todos quisiéramos
liberarnos de nuestros apetitos, según aconsejas, pero explícanos
si esa Nada en la que entraremos
es algo semejante a esa fusión con todo lo creado
que se siente cuando, al mediodía, yace el cuerpo en el agua,
casi sin pensamientos, indolentemente; o si es como cuando,
apenas ya sin conciencia para cubrirnos con la manta,
nos hundimos de pronto en el sueño; dinos, pues, si se trata
de una Nada buena y alegre o si esa Nada tuya
no es sino una Nada fría, vacía, sin sentido.»
Buda calló largo rato. Luego dijo con indiferencia:
«Ninguna respuesta hay para vuestra pregunta.»
Pero a la noche, cuando se hubieron ido,
Buda, sentado todavía bajo el árbol del pan, a los que no le
habían preguntado
les narró la siguiente parábola:
«No hace mucho vi una casa que ardía. Su techo
era ya pasto de las llamas. Al acercarme advertí
que aún había gente en su interior. Fui a la puerta y les grité
que el techo estaba ardiendo, incitándoles
a que salieran rápidamente.
Pero aquella gente no parecía tener prisa. Uno me preguntó,
mientras el fuego le chamuscaba las cejas,
qué tiempo hacía fuera, si llovía,
si no hacía viento, si existía otra casa,
y otras cosas parecidas. Sin responder,
volví a salir. Esta gente, pensé,
tiene que arder antes que acabe con sus preguntas.
Verdaderamente, amigos,
a quien el suelo no le queme en los pies hasta el punto de
desear gustosamente
cambiarse de sitio, nada tengo que decirle.» 

Así hablaba Gautama, el Buda.
Pero también nosotros, que ya no cultivamos el arte de la paciencia
sino, más bien, el arte de la impaciencia;
nosotros, que con consejos de carácter bien terreno
incitamos al hombre a sacudirse sus tormentos; nosotros
pensamos, asimismo, que a quienes,
viendo acercarse ya las escuadrillas de bombarderos del capitalismo,
aún siguen preguntando cómo solucionaremos tal o cual cosa
y qué será de sus huchas y de sus pantalones domingueros
después de una revolución,
a ésos poco tenemos que decirles.



Bertolt Brecht (Augsburgo, 1898 – Berlín, 1956), Historias de al­manaque. 1939.



Gracias a Andy Bohoslavsky por enviarlo.