Juana Bignozzi: “El buen traductor es el que sabe transmitir la grandeza de un autor”


Foto: Agustín Spinetto



Juana Bignozzi: El buen traductor es el que sabe transmitir la grandeza de un autor



El 24 de octubre de 2011 el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires tuvo como invitada a Juana Bignozzi, “la mejor poeta argentina”, como la presentó Jorge Fondebrider. La autora compartió con el público su experiencia como traductora de más de cuatrocientas obras. El Club, que organiza reuniones basadas en las particularidades de la traducción literaria, contó con la presencia de otro gigante: el entrerriano Arnaldo Calveyra, que estaba entre el público.

Bignozzi afirmó que a la hora de traducir “no hay que hacer espiritismo”, no se trata de “lo que creo que quiso decir el autor” sino de lo que efectivamente plasmó en el papel. “En los dos oficios míos, que son la poesía y la traducción, hay gente que se la cree. Yo no soy jactanciosa, eso es de miserables. Yo soy soberbia”, sostuvo. 

Testigo de épocas de esplendor de la traducción en Argentina y en España, Bignozzi contó que las condiciones de trabajo en Buenos Aires en los 70 no eran malas, pero que los derechos no se respetaban para el autor ni para el traductor. En España, donde vivió durante 30 años, trabajó para Tusquets ("Ellos no me soportaban, y yo no los soportaba a ellos") y contó: "Cuando las cosas andaban mal, traducía a Marguerite Duras. El francés es un idioma tranquilizador para un traductor. En cambio el italiano es impreciso, lábil, tramposo. Tener el run-run de la abuela no es saber el idioma, como algunos creen". 

Bignozzi sostuvo que en las editoriales se están perdiendo los roles usuales : “El corrector de estilo es un aliado del traductor, cuando no quiere demostrar que el traductor es un estúpido. También el traductor es un aliado del autor, cuando no quiere hacer ver que él lo hubiera escrito de otra manera”. Según señaló, el principal problema es la falta de referentes en quienes poder confiar cuando aparece algún problema en la traducción.


Foto: Silvia Camerotto


Jorge Fondebrider citó una frase de José Luis Mangieri: “Una editorial es una editorial y una empresa editorial es una empresa”. Las editoriales aparecen como grandes monstruos que se oponen a la figura de un traductor romántico, que cree que está negociando con el arte y no ve que detrás hay “un señor que se está enriqueciendo”. 

En cuanto a la traducción de poesía, Bignozzi dijo que ve “demasiados horrores”. El género exige mucha humildad, ya que se trata de captar algo de la esencia del autor. Destacó el trabajo de dos traductores argentinos: Juan Rodolfo Wilcock y Horacio Armani. “Tenían algo muy bueno para un traductor: algo de creación y respeto por el autor. El buen traductor es el que sabe transmitir la grandeza de un autor”. Fondebrider preguntó si le interesaba la teoría de la traducción: “Nunca. Yo soy traductora. No teorizo. Me gustan los arquitectos que construyen”. 

Abandonen toda esperanza los que hayan llegado hasta aquí. Si tenían expectativas, no ya digamos de vivir de sus versiones de otros autores sino de solazarse en tan noble actividad, es preferible olvidarlas. Parece que todo lo bueno que le podía pasar a la traducción, ya ocurrió hace treinta o cuarenta años atrás. Como decía T. S. Eliot, a nosotros sólo nos queda intentarlo.