Foto gentileza del autor
A ella, a quién más.
Durante los
últimos tiempos, a mi madre por las noches,
le
inyectaba morfina.
El cáncer
en su páncreas,
cubría ya
varios países de su cuerpo.
Era del
tamaño de un continente de fuego,
desparramado
por todo el territorio de vida.
Estaba mi
tía Tere por momentos,
también
Corina, la hermana que eligió mi madre
y, mi padre
desviado a acompañarla día y noche.
Todos
luchando
y mi madre
redoblando la apuesta al infinito.
Nosotros, a
pesar de bajar los brazos,
creíamos
entonces en algo,
la morfina
dolía o aliviaba.
Eso no
importa, es sólo ciencia.
Mi madre
murió antes de su dosis matinal.
Yo, en otra
cama a metros de ella desperté,
su cuerpo en
convulsión, agitado en espanto.
¿Qué hacer,
si no somos máquinas al servicio de la alegría?
Entonces
seguir, llamar a Mónica, médica vecina.
¿Para qué
todo esto? Ya se iba.
¿Para
rehabilitar la esperanza?
¿Justificar
la muerte?
Entonces
lloro.
Ya jamás
habrá un fuentón caliente, que abarquen estos pies
y este
corazón helado. Sentir el cuidado de sí, a través del otro.
Mi uña
encarnada una o dos veces por año
y, allí ese
fuentón calentito, viniendo del centro del mundo.
Y mi pie
izquierdo hinchado, con su pus fluyendo
cayendo en
el fondo del lago.
Mas allá
de que dios no exista, para estas ocasiones ella sabía
los
versículos del dolor.
Existió mi
madre junto a una cama agonizando,
existió un
fuentón lleno de agua caliente en el marco del mundo,
existió la
sal gruesa que sirve para que no fallezcan los pies,
existió un
fuentón rebajado con agua fría según las marcas térmicas,
existieron
un par de pies hundiéndose en la pócima.
Necesito
ahora, la cabeza fría por la lluvia.
Debajo de
mis pies el fuentón de mi madre.
Nada es
posible ahora.
Alexis Comamala (Córdoba, 1979), El
naufragio, Plaqueta negra, Pan comido ediciones. Córdoba, 2009.

Preciosa composición. Mis felicitaciones al autor.
ResponderSuprimirMe conmovió tanto...
Abrazos.
Así es, Lulet, es un gran poema.
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