Crítica de La ruta de las arañas, por Jorge S. Perednik


Crítica de La ruta de las arañas, por Jorge S. Perednik

La esquívoca ruta de las arañas


Me gustaría empezar por Griselda García, describiendo a la autora. Hablar de su pelo enrulado, el trazo de sus cejas, el color de sus ojos, la forma de su nariz, el dibujo de sus labios, y así seguir el rumbo hacia abajo. Sin embargo la voy a hacer a un lado, la misma disposición de esta mesa la hizo a un lado, y voy a contar un cuento. Había una vez, hace muchos años, una persona que vivía en una habitación más o menos amplia con un baño. Pensaba que vivía sola hasta que una mañana al despertarse vio cómo una araña se deslizaba por un hilo desde el techo con dirección descendente. Sé que muchas personas en esa situación se hubieran inclinado por matar a la arañita. Esta persona tomó la otra decisión, convivir con ella. Más adelante fue descubriendo otras arañas, de tamaño un poco mayor, y también se invitó a confraternizar con ellas. Las consideraba en el mejor caso sus aliadas y había inventado la historia, más o menos cierta, a manera de justificación, de que lo protegían de los insectos. Los rincones entre el techo y las paredes se fueron poblando de algunas telarañas, no muchas, que la persona dejaba crecer por ser el hábitat de sus nuevas amigas. Alguna que otra noche se despertó con una araña caminando por la cara; la sensación no fue agradable, pero supo resistirla; se acostumbró a acercar el dedo hasta donde estaban, hacer que suban a la mano y transportarlas a cualquier otro lado, en donde se bajaban. Cuando llegaban invitados al cuarto generalmente le decían “tenés telarañas”, signo para ellos, supongo, de falta de limpieza. Les explicaba que eran sus protegidas, que la cuidaban de los insectos, y que gracias a ellas no había moscas ni mosquitos en la vivienda. Por otro lado les hacía saber que cada telaraña construía para los demás una puesta en obra posible de la belleza.
Conviviendo con estos insectos uno aprende que no existe nada semejante a una ruta de la arañas, como parece proponer, desde su título, el libro de Griselda García. Las arañas están a un costado de la ruta, tendiendo esa trampa invisible tejida en el sitio oportuno para atraer a sus víctimas. Las arañas no trazan la ruta, se interponen en la ruta que quieren trazar otros. Claro que el título del libro de Griselda reproduce las palabras de un poema del libro, y para interpretarlas conviene devolverlas a su contexto; allí resulta que la ruta de las arañas es algo así como la visión en un sueño. Y en el sueño las arañas bien pueden tener una ruta, incluso avanzar una detrás de otra, en una hilera improbable, ir rumbo a la iglesia, al mercado, o a la cancha de fútbol. Alguna incluso puede oficiar de párroco, ser el Padre Araña, o de arquero, ser la “Araña” Yasín. En los sueños todo es posible. En los poemas todo puede ser paradójico, como la propuesta de una ruta de las arañas.
El título arranca con una paradoja y el último poema incluye en sus dos versos finales una paradoja última, que “la víctima se acostumbra al látigo”. Es decir, desde el principio hasta el final hay una ruta de la paradoja en los poemas de Griselda García que hoy se presentan, factible buscar o ensayar.

La primera paradoja, o la paradoja mayor, en mi opinión, tiene que ver con los hombres. Porque es en el tratamiento de los hombres que este libro alcanza en alto grado una escritura femenina. Un libro que trata sobre los hombres desde la mirada de una mujer es un libro femenino por excelencia. Y este libro sobre todo en su segunda parte habla en primera persona de una relación femenina con los hombres, con distintos hombres, o con un hombre que encarna distintos personajes. En general se considera que un libro de poesía femenina es el que habla de las tribulaciones de una mujer en la cocina o con el marido o los hijos, o los conflictos con el novio o el o la amante, pero esto es una impostura de lo femenino. Acá no en ningún momento aparece el aburrido canto de la neurosis, ni un aburrimiento peor, el reclamo contra la sinrazón social. La poesía es de por sí femenina, escriba quien la escriba, pero hay un momento especialmente o doblemente femenino pocas veces advertido por los críticos que cuando la voz femenina trata del cuerpo o del hombre ideal. Y en este libro hay una galería de personajes masculinos dotados de un tipo de heroicidad que solo puede ser forjado por un ideal abstracto de mujer.
A mí me impresionó el tripulante sobreviviente, también el trabajador que vuelve a la noche borracho a casa, y también algunos plurales, o conjuntos de hombres -niños, muchachos, adultos. Pero lo que más me impresionó fue la referencia al ancestro directo, en la voz de un escritor mujer. Sabemos que solo puede ser un buen poeta quien se anima a violar a su padre. Esto es duro, duro para decir, demasiado duro para oír. Entonces aparecen los eufemismos, como al hablar de la querella entre una generación y la anterior, o en el caso de Harold Bloom de la angustia de las influencias, o en el caso de Griselda al afirmar que “un padre es mentira”, retomando un tópico que arranca en la antigua Roma con el refrán “mater sempre certam est”, y postula, paradójicamente por cierto, que la certeza sobre el padre es que siempre es incierto. Y un poema bellísimo del libro dice: “Un padre es mentira”, “palabra de una lengua muerta”, “error del mejor artista”, “un padre es una ficción.” Pero también dice en otro poema, como si comentara esta afirmación sobre la mentira del padre, que “el hombre no nacido de mujer ama las mentiras”. Paradoja del arte o de la poesía en la persona del poeta, el cruce de estas dos proposiciones sugiere una tesis sobre el padre: que como artista sin el padre no se nace, pero con el padre no se es. Y por otro lado que el padre es una mentira, pero recién cuando se puede amar esa mentira uno termina de nacer.

En un momento de poética por excelencia, en el sentido teórico de la palabra, un verso dice que “la belleza es un trabajo”. Esto se inscribe en la larga querella que viene sosteniendo la historia de la poesía entre inspiración y transpiración: o la belleza es consecuencia de algo que va más allá de la voluntad del poeta -sea la famosa musa, sea un don o virtud natalicia-, o es consecuencia del esfuerzo que hace el poeta tanto en su preparación personal, como en su dedicación a la construcción del poema. El poema de Griselda García opta por la última alternativa. Pero el poema permite leer algo más, precisamente que la belleza, más que un texto, o una cualidad de un texto, requiere un esfuerzo y es el premio por intentarlo. Que es un trabajo o está en el trabajo; el trabajo de escribir primero, belleza de la que disfruta el poeta, y el trabajo de leer después, belleza al alcance de cualquiera, por ejemplo, a mi alcance como lector.

Los dos últimos versos del libro dicen: “Paradoja de la tortura: / la víctima se acostumbra al látigo”. Lo que permite deducir algo terriblemente cruel: que sin víctima no hay tortura. Pero lo que el poema dice es que habría dos clases de tortura, una ocasional, que no permite al que la sufre ni al que la aplica regularizar una relación, la tortura verdadera, y otra habitual, que hizo del vínculo algo periódico, que fabricó una costumbre, y que tiene el aspecto exterior, el ritual, de una sesión de tortura, pero está infiltrada por ese acostumbramiento. Vivimos cotidianamente en relaciones de tortura enmascaradas, siendo víctimas o verdugos, en el trabajo, en el hogar, en la ciudad, en cualquier institución, y las toleramos; como dice el poema, paradójicamente nos acostumbramos a ellas y así volvemos a estas torturas paradojales. Volviendo al título, a la apertura de la ruta de las paradojas que estos versos finales cierran. La ruta de las arañas, insectos que no hacen ruta sino posada, propone una paradoja semejante al decir de la poesía de Griselda, cuya paradoja como la de las arañas del título es que no puede hacer posada sino ruta, estar en movimiento, cada vez en otro sitio, y decir poéticamente sólo a condición de decir, no diciendo, lo que tiene para decir.

Jorge Santiago Perednik