Crítica de La ruta de las arañas, por Javier Adúriz


Crítica de La ruta de las arañas, por Javier Adúriz


Cada libro tiene su lector, su posibilidad de lector. Por eso, cuando uno se topa con un buen libro, se desata algo celebrante, estremecedor: un ánimo que remite de inmediato al viejo pacto con la literatura, esa experiencia que reaviva la sensación de que escribir y leer no son actos vanos, sino una fiesta de la inteligencia.
A Griselda la conozco desde hace varios años, a poco de publicar El arte de caer, su segundo libro, que no es fácil de olvidar. Bueno, éste es mejor. Ya es un libro completamente maduro en el que la intuición se hace estilo y el estilo, una maniobra del pensamiento, de la reflexión lírica.
La ruta de las arañas "parece" un libro breve, aunque es largo; largo en alcances porque se asemeja a una proclama, a una toma de decisión que se proyecta sobre la existencia. Se abre con tres o cuatro poemas en los que la pasión presente -cuya consistencia se adivina tanto para la vida como para el poema- se empieza a ver jaqueada por el fin de la juventud, eso que llamamos la tiranía del tiempo y que en sus versos aparece y reaparece suavemente a través de imágenes de la naturaleza.
Este me parece un rasgo constitutivo de su estado actual de poesía. El hecho de que el poema componga de manera indirecta, a través de figuraciones sugestivas, como si trabajara a la par en diversos planos. En un sentido, la proposición ideológica, la idea, que remite al yo concreto del poeta, y en otro andarivel, que es el de primer plano, el de choque con el lector, la imagen que se exime de cualquier cierre conceptual dirigiéndose hacia un habla abierta, comunicativa, de impacto.
En segundo lugar, su libro no es asexuado, una suerte de entelequia intelectual que le teme a la condición femenina. Tampoco estoy diciendo que sea una bandera de guerra que flamea desde lo beligerante y la fácil inconformidad. Sino que simplemente es así, un libro escrito por una mujer, que solamente puede escribir una mujer y se inserta en el campo de la literatura por derecho propio, por esa tensión entre concepto y metáfora señalada anteriormente. Desde este ángulo, el suceder del juego medio del volumen es riquísimo. Y por eso tal vez, su sintaxis profunda no cesa de emitir señales. Por caso: "lejos, lejos/ los que se mantienen fieles a todo/ menos a sí mismos". O bien: "la belleza es un trabajo./ Desde el interior se desborda y sangra/ como jirones hilados por gusanos." O bien: "es preciso siempre/ que algo se nos escape". Una sucesión de convicciones surgidas desde esa zona oscura, donde lo carnal y la combustión mental resultan una misma cosa, un estado poético.
También creo, que este carácter de género ilumina otra destreza de la escritora y que logra evadirla de la categoría "femenina" o "feminista": la capacidad de contar historias y obtener de lo puntual un universal compartido. Es decir, una habilidad para referir situaciones amplias pero a medias, muchas veces esbozadas desde lo no dicho o lo fragmentario, o en emergencia secreta. Aunque al unísono, y aquí para mí está el toque, dejando caer líneas, líneas duras, de comentario o meditación sobre el vivir, o sobre lo que Griselda juzga que es el vivir y que ha vivido.
Al fin y al cabo, qué buscamos en un libro. No un consuelo, no una coincidencia, sino tal vez un despertar, una visión perforante y despejada de eso que denominamos lo real y siempre permanece más allá, casi inasible. Bajo esta luz, su poesía es extraordinariamente inquietante: pone en cuestión los datos de lo convenido. La resignación, el catre único, la figura del padre -acaso como doble de cualquier autoridad-, a la mujer avenida a dejarse ir en los hijos, etc. Por ejemplo, cuando dice: "procrear cuando el Amor/ se vuelve inexpresable/ envilece al Amor", lima el tenaz y común prejuicio sobre todo sentimiento, y aventura los sentimientos. O también, cuando declara: "lo mejor es lo que más tarde llega,/ una noche, sin ser esperado", conforme a un elogio de lo inopinado, de la sorpresa, y de lo sorprendente de esta hipótesis, dicho sea de paso.
Un tercer rasgo que quiero poner de relieve es el que se refiere al título del libro y a sus implicancias. Una amante despierta junto a un soldado en Marruecos. Ha visto y oído sobre numerosas catástrofes. Sin embargo, por fin, se dice: "Bajo el mosquitero de una cama en Tánger/ sigo con la vista la ruta de las arañas. Me cura el sueño./ Con párpados pesados/ me adormezco al sol,/ inmóvil quién sabe hasta cuándo"
Como sugería: las líneas fuertes son "sigo con la vista la ruta de las arañas", continuada por el verso "me cura el sueño". Es decir, un pensamiento que se desprende de la imagen para luego volver a la imagen. En este montaje está, en mi opinión, la sustancia central del volumen (y de este texto denominado "Sobreviviente"), un estilo que hace reflexión de la lírica y lírica de la reflexión.
En suma, como si su voz de fondo dijera: frente a todo, contra todo, la vida sigue la ruta de los sueños. Y para Griselda es un destino seguirla. Un andar que puede ser áspero y ardido, pero se aparece como el único fecundo para rearmar y reescribir la mecánica ruda de las circunstancias.
Puede entonces el amo del dolor seguir pegando, hacer de este tránsito un horror infinito; qué más da: en las palabras que la imaginación procrea se dibuja un camino. Puede estar la playa con infinitos muebles abandonados en la arena, y el océano fulgir como esmeralda inerte; nada: en la belleza construida por el sueño hay un camino, este ejercicio de dación y pérdida que es el poema.


Javier Adúriz