Alfredo Veiravé, La última cena o el juego de lo posible


Yo cumplo un luminoso y secreto destino,
lejos, en un país solar joven y extraño.
Raúl Gustavo Aguirre

Aquella noche fue: 
(cómo diría)
inolvidablemente dócil a los afectos
porque nadie habló de la circulación de los planetas.
Y la situación al terminar otro año
era simplemente común a cualquier reunión de poetas
que han crecido juntos
según las condiciones de la época.
                             Conversaciones 
en los espacios del departamento 
(también se habló de algunos premios 
que favorecían a las circunstancias, no a la poesía)
                                 lejanías
que nos trasladaban hacia otros tiempos/oscuridades 
y también risas de la amistad 
que cuando es así nos dice todo 
sin preguntar desde afuera
                                               
¿quiénes son éstos? Espejos,
organismos emotivos, borrosas fronteras de un país político.
                                                        
Todos sentiríamos quizás
el goce de esta certidumbre ¿no es acaso una forma privilegiada
de la edad no tener que explicar a los demás quiénes somos?
                                                 
Por supuesto, había copas de vino blanco, una de pie 
entre los libros, otras con las 
piernas cruzadas, inocentemente desprevenidas 
entre los giros de la luz a la deriva, y al no sentarnos 
a una mesa, picábamos como pájaros esto y aquello,
dando vueltas a la llave
de las anécdotas o de la inteligencia vital del poema no escrito.
        La alegría
quizás fue la culpable, o la invención del porvenir 
la situación desventajosa porque sin que nadie lo advirtiera
          ¿cómo podría habérsenos ocurrido? 
ella también estaba en esa cena, 
mirando entre el juego de lo posible esas cabezas 
—algunas medio calvas, otras canosas, más bien 
experimentadas— y entre la fusión 
de las palabras de la reunión que se iba terminando 
(cuando algunos amigos se despidieron con un beso de hombre
como se hace en la ciudad, porque uno nunca sabe si se volverá
a encontrar), ella, la oscura y desdeñada,
eligió a uno de nosotros y dijo,
con su dedo largo: 
éste. Creo que lo hizo delicadamente para que
nuestras mujeres no se dieran cuenta. Cosa rara
porque ellas siempre saben antes que nosotros,
aunque sea en sueños.
El cuerpo del poema en cambio, el organismo del poema,
la acomodación del poema en cambio, seguramente 
sintió un roce que ninguno de nosotros advirtió.
El poema sabe más que nosotros de la vida 
y percibe antes que nosotros el dedo de la muerte.


 
Alfredo Veiravé (Gualeguay, 1928- Resistencia, 1991), Radar en la tormenta.