Entrevista GG por Valeria Tentoni

Griselda García: “Busco que la poesía tenga un pie en la tierra y otro en el cielo”.-

Dedicada a la edición y los talleres literarios, la autora recuerda su primer poema, que escribió a los 13 años a un admirador heavy metal, revela su inquietud por acercar la literatura a un público amplio y asegura que la poesía tiende al ghetto: “Si vas a un ciclo de lecturas, terminás odiando el género. No hay un mínimo concepto de show”, reclama.

Por Valeria Tentoni


Buenos Aires, septiembre 10 (Agencia NAN-2009).- “Me encanta la foto de esta nota. No como las neosuicidas que mandan los escritores, con cara de estreñimiento”, le dice Agencia NAN a Griselda García, vía mensaje de Facebook. “Ay, obvio. ¡Por favor! ¡Mátense y punto!”, responde, jocosa. La poeta no se conforma con escribir bien: va al gimnasio, sonríe, se pone linda, es coqueta y femenina. Y no son notas de cotidianeidad o de color para un artículo literario. Hablan de una actitud ante la existencia del literato, una purga de poses y esnobismos. En la misma sintonía, si se le pregunta por sus influencias, responde: “Desde la leyenda del envase del shampoo, hasta autores que queda bien nombrar en las encuestas”. Una rareza adorable, tan liviana y segura, la señorita García.

“Escribí mi primer poema a los 13 años en un shopping de Liniers. Había unos chicos heavy metal que se juntaban a escuchar música en una de esas máquinas de discos. Uno de ellos me recitó un poema y al tiempo escribí uno y se lo regalé. El era más oscuro que la noche y hablaba de muerte. Supongo que ahí comenzó mi mala puntería con los hombres”, estima. “Mis padres me compraban muchos libros cuando era chica, en especial los de la colección Elige tu propia aventura. Luego mi padre murió y heredé su biblioteca llena de libros sobre la Segunda Guerra Mundial. Me acerqué a los libros para acercarme a él”.

García asegura haberse corrido del yo que “todo lo puebla” en las primeras escrituras. “Al principio, los fulgores de la juventud me llevaron a shockear con determinadas temáticas. Pero más tarde preferí provocar un efecto estético a través de símbolos y guiños”, recurso que induce carcajadas cómplices en quien la lee o escucha. Y tiene que ver con el concepto artístico de la autora: “La idea fue siempre acercar la poesía a la gente. Al principio lo logré desacartonando el lenguaje y hablando con palabras sencillas. Creo que la poesía tiende al ghetto, en parte debido a la actitud de algunos poetas. Basta con ir a un ciclo de lecturas y escuchar durante cinco minutos: terminás odiando la poesía. Es muy aburrido, no hay un mínimo concepto de show, de espectáculo”, asegura.

La poeta trabajó como secretaria de redacción en la revista cultural La Guacha y, actualmente, es editora en Ediciones La Carta de Oliver. Por ello y su sed natural de lectora, muchos textos pasaron por sus manos: “Busco que un poema me vuele la cabeza. Quiero no entender, al menos no desde lo racional, en una primera lectura. Luego, que tenga un pie en la tierra y otro en el cielo, el equilibrio entre el delirio y lo prosaico. Intento evaluar si el material responde o no a cierta moda del momento o si por el contrario, no hay voces similares entre lo que se edita. Si éste último es el caso... ¡se imprime!”, cuenta, enérgica.

La suya es una literatura femenina en la extensión más alejada de la idea de Susanita que pueda pensarse. “Fui preguntándome, a lo largo de los años, qué es ser mujer. Los poemas tal vez fueron ensayos de respuestas”, señala. “Escribo desde mí, no creo que exista otra forma. Ahora bien, existe esta discusión sobre el yo del autor y el yo poético, que es habitual escuchar en algunos ámbitos eruditos. Pero el límite de exposición tiene que ver con la dignidad y el respeto a mí misma”.

Sobre Alucinaciones en la alfalfa (2000), uno de sus poemarios, la autora admite que fue escrito en una época signada por el uso de drogas. “El título del libro surgió por algo que leí: los niños que jugaban en los campos de alfalfa durante el día, sufrían alucinaciones por la noche debido a la presencia de alcaloides en dicha hierba. Y para escribir poesía a veces hay que desenfocar la visión del ojo de la mente”, confiesa.

A la par de su trabajo como editora, García brinda un taller literario: “Es una actividad que me apasiona. Un día sin alumnos tiene menos sentido. Pienso en ellos durante la semana y los acompaño cuando no tenemos clases”, dice. Soledad Castresana (Carneada) es una de sus alumnas: una autora de poesía que también es toda una extrañeza. Quizás por eso en común son amigas.

Entre otros libros, García tiene publicados El arte de caer (Alicia Gallegos, 2001), La ruta de las arañas (Editorial del Dock, 2005) y El ojo del que mira (La Carta de Oliver, 2009). En su literatura se cifra aquello de la desfachatez, del juego y de la seducción. Todas las temáticas que aborda están signadas por un halo de femineidad que García ostenta sin tapujos ni disculpas.