Reseña por Daniel Gigena


Un frenesí vital y extenuante


Poesía. La maternidad, el padre ausente, la belleza del cuerpo masculino y el erotismo pueblan esta valiosa antología de Griselda García.



Antología esencial de la obra de Griselda García, Mi pequeño acto privado es, en palabras de la autora, “un remix creado por las manos de Alberto Cisnero”, poeta como ella y también editor de Barnacle. El volumen reúne poemas de Alucinaciones en la alfalfa, El arte de caer, La ruta de las arañas y El ojo del que mira, libros publicados entre 2000 y 2009, que en algunos casos fueron retocados –léase podados– por García. Producto de esa operación doble, Mi pequeño acto privado se puede considerar entonces un nuevo título de la autora de los relatos breves y osados de La madre del universo. La maternidad, el padre ausente, la belleza del cuerpo masculino, el erotismo y la naturaleza del deseo femenino son fuerzas recurrentes en sus poemas, que no sólo entran en tensión entre ellas sino con aquello que está fuera de la escritura: el sentido común del que la lectura quiere huir. “Un padre es mentira”, “la culpa se hunde sola”, “la belleza no tarda mucho/ en mostrar su peor cara”, se lee de un texto a otro.

Las voces de los poemas de García son, además de plurales, ubicuas en cierto humor salvaje e inesperado, que toma del mundo animal modelos y modales: “Vos, lobito mío/ sos una de las crías/ que no alcancé a devorar”. Un elenco de lobas, corderos, calandrias, la hembra del cuco e incluso una chiva expiatoria alimentan el imaginario de sangre, pelaje y semen que los poemas imponen como equivalentes de una maternidad bestial, de un frenesí vital y extenuante. En “Acto privado”, una voz (la de mami) declara: “Ejecuto una y mil veces/ mi pequeño acto privado”. Ni tan pequeño ni tan privado, el acto de poesía de García expresa lo inexpresable: “No intento entender: estoy en el lugar”.

Muy pronto quedan atrás las paradojas en verso de los primeros libros y comienzan a aparecer en los poemas los juegos fónicos que adensan significados: aliteraciones, cortes de versos diáfanos (“las fiestas han pasado, nos dejaron”), cambios bruscos de ritmo que se acoplan a los contrastes de sentido: “Recuerda, cuerda/ el cazador se volvió presa/ y la presa eternidad”. Los textos de Mi pequeño acto privado resisten, además del paso del tiempo, una lectura en voz alta. ¿Cómo rechazan el drama, dominio pegajoso de la poesía contemporánea? “Conservar la alegría tal vez sea mi mayor logro.”

Daniel Gigena