La triste premeditación de lo ensayado desustanció lo escrito. Hubo fuego en su vida, suponemos, fue por él al cabo consumido. Pero en los versos quiso ser elegante y despiadado, sin advertir que a veces navegaba entre el aire ramplón y el soplo cursi. Adiós, amigo de pocas veces y escasas convergencias. La mala visibilidad del día y de la hora, la caída del año, el fin del tiempo, la impermeabilidad pugnaz de los mediocres ya no permitirán que nos veamos.
José Ángel Valente (Orense, 1929 - Ginebra, 2000), No amanece el cantor, Tusquets, Barcelona, 1992.
N.B.: Gracias a Marcos Llamedo, que me regaló este libro.

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