Enrique Lihn | Nathalie


Foto: Enrique Lihn en 1983 por Marcelo Montecino


Enrique Lihn | Nathalie


Estuvimos a punto de ejecutar un trabajo perfecto,
Nathalie en una casa de piedra de Provenza.
Dirás ahora que todo estuvo mal desde el principio
pero lo cierto es que exhumamos, como por arte de magia,
todos, increíblemente todos los restos del amor
y en lo que a mí respecta hasta su aliento mismo:
el ramillete de flores de lavanda.
Es cierto: nuestras buenas intenciones fracasaron,
nuestros proyectos se redujeron al polvo del camino
entre la casa de Lulú y la tuya.
No se podía ir más lejos con los niños
que además se orinaron en nuestro experimento;
pero aprendí a Michaux en tu casa, Nathalie; una
vociferación que me faltaba,
un dolor, otra vez, incalculable
para el cual las palabras no tienen gusto a nada.

Vuelvo a París con el cuaderno vacío,
tu trasero en lugar de mi cabeza,
tus piernas prodigiosas en lugar de mis brazos,
el corazón en la boca no sé si de tu estómago o del mío.
Todo lo intercambiamos, devorándonos: órganos y
memorias, accidentes del esfuerzo por calarnos a fondo,
Nathalie, por fundirnos en una sola pulpa.

Creer en dios; sólo me falta esto
y completar, rumiando, el ciclo de la baba,
a lo largo de Francia.
Pero sí, trabajamos duramente
hombro con hombro, ombligo contra ombligo
y estuvimos a punto de sumergirnos en Rilke.

No hemos perdido nada:
este dolor era todo lo que podía esperarse;
sólo me falta aullarlo en el momento oportuno,
mi viejecilla, mi avispa, mi madre de
dos hijos casi míos, mi vientre.

"Va faire dodo Alexandre. Va faire dodo Gérome."
Ah, qué alivio para ellos
el flujo de la baba de la conciliación. Toda otra
forma de culto es una mierda.
Me hago literatura.
Este poema es todo lo que podía esperarse
después de semejante trabajo, Nathalie.


Enrique Lihn (Santiago de Chile, 1929-1988), Poesía de paso. Casa de las Américas. La Habana. 1966.

Dylan Thomas | Veo a los muchachos del verano




Dylan Thomas | Veo a los muchachos del verano




I



Veo a los muchachos del verano en su ruina
convertir en eriales los dorados rastrojos,
desdeñar las cosechas y congelar los suelos;
y allí, en su ardor, el invernal diluvio
de amores escarchados, persiguen a las niñas,
y echan en sus mareas los sacos de manzanas.

Los muchachos de luz en su locura, coagulan lo que tocan,
agrian la miel hirviente;
hurguetean los muñecos de escarcha en las colmenas;
allí en el sol, frígidas hebras
de oscuridad y duda, ellos nutren sus nervios
y el signo de la luna, nada es en sus vacíos.

Veo a los muchachos del verano en el vientre materno
rasgar hacia la luz la atmósfera del útero,
dividir noche y día con pulgares de duende;
allí, desde lo hondo, con sombras seccionadas
de sol y luna ellos pintan sus dársenas
mientras les pinta el sol los cascos de la frente.

Sé que de estos muchachos han de surgir hombres de nada
hechos por la transformación de las semillas,
o han de lisiar el aire saltando de sus llamas,
desde sus corazones, cuando el pulso candente
del amor y la luz estalle en sus gargantas.

Oh, ved el pulso del verano en el hielo.


II

Pero las estaciones deben ser desafiadas o se tambalearán
en algún cuarto de hora repicante
donde, como una puntual muerte hacemos tintinear las estrellas;
esa noche en que el invierno soñoliento
les tira de la negra lengua a las campanas
y no se atreven a chistar siquiera
los vientos de la luna y de la medianoche.

Somos los oscuros negadores, exorcicemos a la muerte
en la mujer colmada de verano,
arrojemos la vida musculosa de los amantes que se crispan,
y de los muertos limpios que hace fluir el mar
echemos al gusano de ojos brillantes en la linterna de Davy,
y del vientre preñado quitemos el muñeco de paja.

Nosotros, muchachos del verano en esta red de cuatro vientos,
verdes por el hierro de las algas,
levantemos al bullicioso mar y arrojemos sus pájaros,
alcemos la bola del mundo llena de olas y espuma
para ahogar los desiertos con sus mareas
y trenzar los jardines del condado.

En primavera ornamentamos nuestra frente.
Vivan las bayas y la sangre,
y crucificamos a los alegres señores en los árboles;
Aquí el húmedo músculo del amor se aja y muere,
aquí estalla un beso en una cantera sin amor,
Oh ved en los muchachos los polos de la promesa.


III


Yo os veo, muchachos del verano, en vuestra ruina.
El hombre en el desierto de su larva.
Y los muchachos son plenos y ajenos en la bolsa.
Soy el hombre que vuestro padre fue.
Somos hijos del pedernal y de la brea.
Oh, ved cómo se besan los polos que se cruzan.


Dylan Thomas (Gales, 1914-Nueva York 1953), Poemas completos. Traducción: Elizabeth Azcona Cranwell

Jorge Aulicino | Cézanne

Foto tomada de aquí

Jorge Aulicino | Cézanne


Sólo con inclinarme de derecha a izquierda,
de izquierda a derecha, me basta,
escribía Cézanne.
Podría pasarme la vida aquí
inclinándome de derecha a izquierda,
de izquierda a derecha
y no agotaría la realidad, explicaba.

Espacios en blanco en las últimas telas de Cézanne
indican a los expertos
que había llevado su teoría hasta el último extremo.
Otros
los atribuyen a dificultades de la vista:
Cézanne dejó en blanco lo que no podía ver.
En este caso (o en ambos),
¿por qué Cézanne no esforzó la imaginación?
El interrogante debería hacer pensar
a esoteristas vernáculos, a
distintas especies de mistificadores.

¿Por qué Cézanne no quiso pintar lo que sus ojos
-aún moviéndose con su cuerpo de derecha a izquierda,
de izquierda a derecha- no podían ver?

¿Por qué escriben sobre lo que el corazón no ve?
¿Por qué escriben sobre lo que la inteligencia no celebra
o llora?



Jorge Aulicino (Buenos Aires, 1949-2025), La poesía era un bello país. Antología 1974-1999. Libros de Tierra Firme. 2000.

Francisco Madariaga | Los poetas oficiales



Francisco Madariaga | Los poetas oficiales


¿Amoldáis vuestra esfera a los más íntimo del porvenir?

Perros enanos entecos, tenéis a vuestro servicio los escribientes nacionales, pajarracos de la patria.

Canasteros de los frutos del odio, no estoy arrepentido de tener a mi servicio las joyas y los frutos del deseo.

Principitos destronados de toda sangre de composición en la naturaleza.

Eugenios, Equis, Clauditos, perritos de ceniza.


Francisco Madariaga (Buenos Aires, 1927 - 2000). Criollo del universo y otros poemas. Centro Editor de América Latina. Buenos Aires. 1988.