Comparto mi lectura sobre un recorte de la poesía de Anne Sexton, para rastrear cómo opera su escritura respecto de lo indecible del acto del suicidio, un enigma que siempre nos deja sin explicación. Este trabajo fue presentado en el seminario de Jorge Chamorro 2025.
Anne Sexton: un coqueteo con la muerte
Breve introducción biográfica
Anne Sexton nació en 1928 en USA. Se casó y tuvo dos hijos. Luego de sus nacimientos tuvo distintas crisis nerviosas diagnosticadas por los médicos como depresión posparto. En 1955, en su cumpleaños, intentó suicidarse. En el lapso de 20 años lo intentaría 12 veces. La medicación, que le generaba múltiples efectos secundarios, hacía que por épocas se quejara de que no podía escribir.
Hacia la primavera de 1974, tomó una sobredosis de pastillas para dormir y luego se arrepintió. Más tarde le juró a su amiga que la próxima vez no le avisaría a nadie. Seis meses después, lo cumplió.
El 4 de octubre de 1974, luego de reunirse con su colega y amiga íntima Maxine Kumin, Anne Sexton volvió a su casa, se puso el tapado de piel de su madre, se sacó los anillos, se sirvió un vaso de vodka, tomó pastillas, se encerró en el garaje, y encendió el motor de su auto. Se suicidó por intoxicación con monóxido de carbono. Tenía 45 años.
Años antes, su médico, el psiquiatra Martin Orne, le insistió con que debía escribir poesía. Orne le diagnosticó lo que ahora se describiría como trastorno bipolar. La seriedad del profesional luego se pondría en duda, debido a su afinidad hacia métodos como la hipnosis y el uso de pentotal sódico para recuperar recuerdos supuestamente reprimidos.
Su último libro publicado fue El horrible remar hacia Dios, título que surgió de su encuentro con un sacerdote católico que, reticente a administrarle la extremaunción, le dijo: «Dios está en tu máquina de escribir». Esto infundió en la poeta el deseo y la fuerza de voluntad para seguir viviendo y escribiendo.
El psiquiatra y el sacerdote funcionaron para ella como figuras de cierta autoridad. Kumin afirma que la escritura fue lo único que mantuvo con vida a Sexton. Fue la única tarea en la que se mantuvo constante. Para usar su propia metáfora: “Con muebles usados hice un árbol”.
Análisis de algunos poemas
Para analizar un texto poético, conviene distinguir entre dos instancias, el yo biográfico, que corresponde a la persona Anne Sexton, y el yo poético, quien “habla” en el poema. Esto permitirá operar críticamente sobre él, ver cómo está hecho y cómo funciona.
En el poema "La muerte de Sylvia”, dedicado a su amiga y colega Sylvia Plath, Sexton pone en escena la dimensión del suicidio como acto singular, ajeno y extraño. El texto, que funciona como una despedida y una elegía, fue escrito el 17 de febrero de 1963, seis días después del suicidio de Plath. Lleva una dedicatoria: “Para Sylvia Plath”. Este “paratexto”, la dedicatoria, no nos deja otra opción de lectura posible: no es cualquier Sylvia a la que alude. El yo poético le pregunta a Sylvia cómo pudo gatear dentro del horno hacia la muerte, abandonándola por una muerte que ambas anhelaban tanto.
¿A qué te detuviste, / cómo te metiste adentro? // Ladrona, / ¿cómo te arrastraste adentro, / te arrastraste sola / dentro de la muerte que quise tanto y por tanto tiempo, // la muerte que dijimos haber superado, / la que llevábamos en nuestros pechos flacos, // de la que hablábamos tanto cada vez que / nos bajábamos tres martinis extra secos en Boston.
No aquí hay celebración ni lamento, hay un reproche de que Plath se le haya adelantado en la decisión; parecieran subyacer ciertos celos y competitividad. La agresividad se ve en el epíteto "ladrona": Plath le robó la muerte que Sexton deseaba. Más adelante, personifica al suicidio como "nuestro muchacho", y dice:
cómo queríamos hacerlo venir (…) // para que hiciera su trabajo, / una necesidad, una ventana en una pared o una cuna.
El suicidio también está personificado como el “baterista adormecido”. La voz poética llega desde ese “lugar de piedra” como metáfora del cementerio. El ansia de ir al encuentro de la muerte es como un “lunar” que, según el yo poético, marca la poesía de Plath:
¿Qué es tu muerte / sino una vieja pertenencia, // un lunar caído / de uno de tus poemas?
En "Deseo de morir”, afirma:
… los suicidas tienen un idioma especial. / Como los carpinteros, quieren saber con qué herramientas, / nunca preguntan por qué construir.
El tema no es por qué morir, sino con qué palabras hacerlo.
En “Vive”, la muerte se espera como a una vieja amiga que proveerá un alivio al sufrimiento:
La muerte es un hueso triste y golpeado, dirías, / y, sin embargo, ella me espera, año tras año, / para deshacer con delicadeza una vieja herida, / para liberar mi aliento de su maligna prisión.
Y también: Vive o muere, pero no envenenes todo.
La muerte aparece acá como una figura familiar, paciente, femenina, que deja de ser amenaza para ser compañía. No hay desesperación, hay tiempo y espera. La muerte no es un final ominoso, si no un modo de escapar del cuerpo visto como una prisión que genera sufrimiento.
En “La adicta” desde el inicio la voz se dirige a la medicación:
Traficante de sueño, / traficante de muerte, / con cápsulas en mis palmas cada noche, / ocho a la vez, de dulces frascos farmacéuticos.
Sexton vuelve a esas cápsulas sus interlocutoras en una dialéctica que sustituye la figura del otro amoroso por el de la medicación. El diálogo no ocurre con un médico ni con un dios, sino con las pastillas. La relación es de intimidad: hay deseo, sumisión, incluso ternura. El objeto de la adicción no es solo el fármaco, sino la escena misma de someterse a él. Personifica a las pastillas diciendo que son como “una madre, pero mejor”.
El tono coloquial semeja una conversación, lo que genera un efecto de empatía y cercanía en el lector. No hay en Sexton una mirada auto-conmiserativa ni victimizante. Todo lo contrario: la voz poética es sólida, nunca vacilante. Escribir fue para Anne Sexton un acto urgente, necesario. Sus poemas bordean la idea de la muerte, construyéndola como imagen, como interrogación constante. Su poesía tiene un balance adecuado entre la pura emocionalidad y el puro pensamiento, logrando el tono justo que lleva a que cada uno de nosotros resignifique el texto según su propia lectura.
N. B. : Poemas citados: traducciones propias.
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