Mario Trejo
El combate verbal
UNA FÁBULA
La poesía corre siempre el riesgo de cometer incesto con la
magia y la religión. Cuando la transgresión se consuma, se convierte entonces en
una poesía esotérica, un rito de iniciación en el cual las palabras son a la vez
velo y vestíbulo de una verdad que está más allá, en otra parte que no conocen
las palabras. El acto de crear, el momento mismo de la creación es, en estos casos,
la experiencia más cercana a la mística, que es, por definición, no verbal.
Puede argumentarse que una poesía que solicita el conocimiento
de claves ocultas o de guiños culturales es hermética. Para que la ostra vuelva
a abrirse y permita la esperanza de una perla es necesario, entonces, creer.
Creer en la experiencia literaria. ¿Qué quiere decir, en este caso, creer?
Sospecho, con temor y duda, que cuando las palabras no nos remiten a un código
familiar y domesticado debemos leer en ellas los nombres de un planeta
desconocido, nombres para llamar a seres animales y vegetales surgidos tal vez del
silicio y no del carbono, piedras desmesuradamente pequeñas para imaginar su
peso atroz, rocas ásperas a la vista y dulcemente verdes al tacto, colores que
el arco iris olvidó.
Hay un modo único, engendrador, de experimentar toda poesía,
gota que oigo caer, veo caer, digo caer. Se trata de luchar duramente con su
lenguaje. Si al cabo del combate uno no puede narrarlo con otras palabras y
otros gestos, si sentimos que ya no somos el mismo de antes, que algo ha
cambiado en nosotros (no importa si creencias, sentimientos o actitudes), entonces
quiere decir que la poesía ha tenido lugar, que ocupa ya su lugar dentro de
nuestra mente y de nuestro cuerpo.
La ostra se ha abierto. Dentro de nosotros brilla una perla.
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