por Griselda García
Palabras
liminares
A lo largo del presente trabajo
realizaremos un paseo crítico por “El entierro de los muertos”, primer poema de
La tierra baldía de T. S. Eliot. Tomaremos
para este estudio la traducción de José María Valverde. Nuestro objetivo es
analizar detalladamente cada una de las escenas que lo componen. Además, observaremos
el efecto de la Primera Guerra Mundial en dicha obra e intentaremos describir
el tono impersonal de la poética de Eliot.
Introducción:
lectura fascinada/ lectura investigativa
Es usual que
ante la tarea de analizar críticamente poemas como los Cantos de Ezra Pound, algunos lectores sientan que se hallan ante
una “tarea detectivesca”.[1]
Tiene que ver con el trabajo arduo que supone investigar cada referencia de los
textos acerca de nombres de ciudades, dioses, citas en otros idiomas (su significado
y procedencia), paráfrasis de textos clásicos, nombres de palacios, personas
reales e imaginarias, entre otros. Esto nos hace reflexionar acerca de la
accesibilidad del texto poético. Ante la afirmación: “Los Cantos no se entienden”, nos preguntamos: ¿hay algo que entender
cuando se lee un poema? Es el mismo Eliot en la introducción a Función de la poesía y función de la crítica
quien nos dice: “Quien sabe reconocer un
buen poema no siempre acierta a explicarnos el porqué de su bondad. La
experiencia poética, como cualquier otra, sólo es parcialmente expresable en
palabras…”[2]
En principio,
entonces, podríamos decir que no hay nada que “entender”, al menos en la
acepción más racionalista del término. Uno de los varios modos posibles de leer
implica desmenuzar cada pieza del poema a la manera de los formalistas rusos
que veían al texto literario como una máquina compuesta por mecanismos y
piezas. Otro, igualmente válido, consiste en leer sin detenerse a buscar la
procedencia de determinados datos, leer “de corrido”. Al menos en una primera
lectura no sólo es imposible “entender” todo, sino que quizás sería desaconsejable.
¿Para qué intentar entender algo si no es para ejercer un control?
De esta
forma -que llamaremos la “lectura fascinada”- abordamos, hace algunos años, la
obra de Eliot. La primera vez asistimos a una búsqueda algo acelerada de hallar
un sentido. Es necesario atravesar esa situación de molestia y enojo por la
sensación de “quedarse afuera”. Más tarde, quizás hasta pueda disfrutarse de
esa fascinación del no comprender. Con el paso de los años necesario para
adquirir nuevos conocimientos de vida y literatura, vendrían las relecturas
donde algo de toda esa “mezcla de memoria y deseo” se va sedimentando. Por
último, para encarar este trabajo, se hizo necesario, sí, llevar a cabo una
“lectura investigativa”: desmenuzar cada alusión o referencia. Aún así el poema
resplandece, más y más cada vez.
Lo
impersonal en T. S. Eliot: en estos
tiempos hay que tener mucho cuidado
El poeta
inglés Robert Browning (uno de los héroes literarios de Ezra Pound, a su vez
muy influyente en Eliot) fue uno de los que más desarrolló la técnica del
“monólogo dramático”. Éste consiste en un poema lírico que aúna historia y
ficción, en el que el autor habla a través de un personaje, dirigiéndose a un
espectador silencioso o al mismo lector. El autor, de este modo, se mantiene
alejado y produce un efecto de impersonalidad. Tanto Pound como Eliot toman
esto del Sordello, de Browning, en
especial el tono duro, no melifluo, aunque coloquial al mismo tiempo.
En palabras
de Eliot: “Poesía no es una liberación de
la emoción, sino una huida de la emoción; no es la expresión de la
personalidad, sino una huida de la personalidad… la emoción del arte es impersonal”.[3]
¿Cuál será
el objetivo de esta impersonalidad? Según José Vázquez Amaral, si bien el arte
con frecuencia es “personal”, esto no es sinónimo de individual y particular:
Sin embargo, lo
que hay que entender en su justa dimensión y en su auténtico alcance es el
adjetivo "impersonal", tal y como lo maneja Eliot. Lo que a mi juicio
hay que entender es que la emoción producida por el arte es "muchas
veces" personal: tantas veces como lectores existan o como observadores
del arte se enfrenten con él. Lo que no puede ser es personal en el sentido de
unipersonal, de individual, pues entonces sería "confesión" o
"autobiografía". Su impersonalidad radica en el hecho de que, en
principio, todos nos podemos reconocer en esa emoción.[4]
Como vemos, el fin de la
impersonalidad será lograr cierta universalidad en el tratamiento de los temas,
lo que será reforzado por la inclusión de citas o referencias a obras canónicas
de la literatura antigua. La emoción debía aflorar del poema y no del poeta,
cuyo deber era hacerla surgir a partir del lenguaje e imágenes. Con el rechazo
total del yo lírico propio de los poetas románticos, Eliot ascendió con su obra
a la cumbre del Modernismo.
Contexto
de guerra: el miedo en un puñado de polvo
En 1910
Eliot vivía en París, adonde había ido a estudiar literatura francesa y
filosofía. Europa vivía su gloriosa Belle
Époque y disfrutaba de un transitorio bienestar económico y un gran
optimismo en las clases altas y medias. Esto fue producto de los avances
tecnológicos y científicos de fines del siglo XVIII hasta 1914. El crecimiento
de las ciudades cambió los hábitos de las personas de todas las clases
sociales. El descanso dominical, la reducción de la jornada laboral y la
posterior incorporación del “sábado inglés” dejaban vacíos difíciles de ocupar
para las clases bajas, que no tenían dinero para disfrutar en paseos o
espectáculos.
La tendencia
de Eliot a citar grandes obras del canon literario mundial respondería, en
principio, a un homenaje a determinados autores y al rescate de cierta
tradición literaria considerada relevante. Por otra parte, podría considerarse
una forma de olvidar por un rato el contexto de guerras que asolaba Europa.
En El Decamerón, Bocaccio describía a la
peste negra que azotó Europa en 1348:
Comenzaba con
hinchazón de los ganglios en la ingle o en la axila, que se inflamaban al
tamaño de una manzana. Se les llamaba tumores, y en breve se expandían por el
cuerpo con síntomas en brazos y muslos o con manchas negras, rojas, abundantes
y pequeñas, señal de muerte. Tal es el terror de la gente, que el hermano
abandona al hermano, la esposa al marido, los padres se niegan a atender a sus
hijos y los cadáveres son arrojados a las calles con desprecio por los
supervivientes, temerosos de contagiarse.[5]
Ese contexto le sirvió como
inspiración el escritor italiano para escribir la obra que le daría fama
mundial. Debido a la peste bubónica, un grupo de siete mujeres y tres hombres
buscan refugio en una villa en las
afueras de Florencia. Para pasar el tiempo, cada uno de ellos cuenta una
historia por cada una de las diez noches que pasan allí, lo que da nombre al
libro: Deca hemeron, diez días. Esa
epidemia, que acabó con un tercio de la población europea, podría compararse
con la matanza de inocentes y civiles que dejó tras de sí la Primera Guerra
Mundial. La corporalidad, lo físico y la belleza del cuerpo humano, exaltado en
la antigüedad y sacralizado en la Edad Media, son aplastados ante la visión de
incontables cadáveres.
La
publicación de La tierra baldía causó
una revolución. Estaba dividido en cinco partes y 433 versos y era originalmente
el doble de extenso. Ezra Pound hizo una verdadera tarea artesanal al reducirlo
a la extensión que conocemos. A él está dedicado, con unas palabras de Arnaut
Daniel: il miglior fabbro (el mejor
artesano). Cuando iba a ser publicado en libro se le pidió a su autor que
agregara unas notas explicativas; lo que hizo, para luego lamentarlo: las
mismas obtuvieron tanta o más atención que el poema. No ayudan a aclarar el texto
y muchas veces desconciertan al lector.
Siguiendo
las huellas de los experimentos imagistas de su amigo Ezra Pound, Eliot utilizó
un procedimiento similar al cinematográfico, recreando las imágenes gélidas del
mundo contemporáneo. Gracias a esa técnica, cada parte del poema es un
fotograma que aislado pierde el sentido que tiene en el conjunto. Hay un cambio
constante de planos, diálogos, situaciones y personajes.
Hasta ese momento, para “entender” el lector
dependía de explicaciones externas o anexas. En forma similar al método de
yuxtaposición de Pound, en La tierra
baldía vemos la presentación de una imagen o escena que no es explicada,
sino dejada a la libre interpretación del lector. Como explica el crítico
colombiano Alvarado Tenorio:
Quienes habitan
la tierra baldía, temen volver a la vida. La ausencia de fe les ha anulado el
deseo de revivir. Nacer de nuevo es un proceso cruel. (…) la muerte total, para
la mayoría, es preferible al dolor de renacer desde la confusión que el deseo y
la memoria deparan. Este ambiente en decadencia produce una sensación de
irrealidad. El hombre y la mujer modernos se han familiarizado con esa otra
realidad que hace desaparecer el presente, las ciudades se esfuman, sólo vemos
escombros y un montón de imágenes rotas.[6]
Ante este panorama de muerte, desolación,
gris y esterilidad, y la mención de abril como “el mes más cruel”, nos
adentramos en “El entierro de los muertos”.
Eliot tenía 19 años y estaba
en Harvard cuando descubrió la obra del poeta francés Jules Laforgue, a través The Symbolist Movement in Literature
(1899) del crítico inglés Arthur Symons. El simbolismo tuvo su desarrollo en
Francia entre 1870 y 1880, y llegó a Inglaterra en 1890. Los más destacados de
esta corriente fueron Baudelaire, Mallarmé, Laforgue y Rimbaud.[7]
Laforgue
empleó en sus textos una fina ironía que venía del lenguaje de las canciones
populares, la charla de los cafés y el argot de las ciudades, sin abandonar la
rima y el ritmo, pero versificando libremente en sus poemas evocativos. Para
Laforgue, mucho de lo que habitualmente aceptamos por real no existe, así
busquemos significados últimos en la hueca apariencia y el tiempo cíclico. Para
él, sólo eran reales los momentos de experiencias intensas.[8]
Como
también lo hizo Pound, Eliot incorporó a su obra versos en alemán, en francés y
en italiano de autores de diferentes épocas. La forma en que están dispuestos
da la impresión de un collage de
obras maestras: la Biblia, Las flores del
mal de Baudelaire, La Divina Comedia,
El paraíso perdido de Milton, La tempestad de Shakespeare, las Confesiones de San Agustín, los Vedas, para citar solamente algunos
ejemplos.[9]
Eliot concibió el poema de acuerdo con la leyenda del Santo Grial que
Jessie L. Weston recoge en su obra From
Ritual to Romance. La historia narra que existió una vez un reino llamado
Tierra Baldía cuyo rey quedó estéril a causa de heridas de guerra. Su tierra también
se tornó estéril. El Rey Pescador ve a su país escaso de agua y a su pueblo
sufrir la sequía. Sólo la llegada de un héroe extranjero acabará con el
problema. Pero este héroe deberá entender los símbolos del Santo Grial: la
lanza sangrante, la copa sagrada, y realizar una serie de pruebas. La más importante
es visitar la Capilla Peligrosa azotada por el viento y la tormenta, donde se
encuentra el velo que debe recuperar. Perceval, uno de los caballeros de la
Mesa Redonda, lo intenta pero no interpreta bien los símbolos del Grial y el
reino se queda sin ayuda.
Estructura y contenido: tema
a la muerte por aridez
El título original ideado por Eliot para La tierra baldía era He do the Policemen in Different Voices,
una alusión a Our Mutual Friend, de
Charles Dickens, en la que se menciona que uno de los personajes tiene la
habilidad de leer en voz alta casos policiales haciendo diferentes voces. Si bien
el título sería cambiado, queda cierta reminiscencia imposible de eludir. Ese
personaje/narrador que “hace” voces diferentes permanecerá en La tierra baldía.
En 1914, T.
S. Eliot decidió instalarse en la ciudad de Marburg, Alemania, para cursar un
doctorado en Filosofía. En ese período escribió un ensayo académico titulado
“Tradition and the Individual Talent” donde describía la relación entre el
autor y la tradición literaria. En ese trabajo afirmaba:
Ningún poeta,
ningún artista de cualquier arte, tiene un significado completo por sí solo. Su
importancia, su apreciación es la apreciación de su relación con los poetas y
artistas muertos. No se lo puede valorar solo; se debe ubicarlo, por contraste
y comparación, entre los muertos (…) De un modo extraño el autor debe ser
consciente de que inevitablemente será juzgado con los parámetros del pasado.[10]
Esta afirmación cobra particular relevancia si nos volcamos a La tierra baldía. La tradición literaria
y la mención de otros autores surcan todo el texto, formando una especie de
gigantesco mapa de lectura. Podemos observar la predilección del autor por la
cultura griega y latina desde el acápite de Petronio que abre el libro: “NAM Sibyllam quidem Cumis ego ipse oculis
meis vidi in ampulla pendere, et cum illi pueri dicerent: Σίβυλλα τί θέλεις;
respondebat illa: àpoqanen θέλω.”[11]
La Sibila de Cumas era natural de Eritrea, en Jonia.
Hija de Teodoro y una ninfa,
nació con el don de la profecía y hacía sus predicciones en verso. Se la
conocía como Sibila de Cumas
porque pasó la mayor parte de su vida en esta ciudad situada en la costa de Campania. En la antigüedad se la consideró como la más importante de las diez sibilas conocidas (otras
eran: la Sibila de Samos, de Herófila de Troya, del Helesponto, frigia,
cimeria, délfica, libia, tiburtina y babilónica). A aquélla se la llamaba
también deífoba (con forma de dios). Apolo prometió concederle
un gran deseo. La Sibila tomó un puñado de arena en su mano y pidió vivir
tantos años como partículas de tierra había tomado; pero se le olvidó pedir la
eterna juventud, así que con los años empezó a consumirse tanto que tuvieron
que encerrarla en una jaula que colgaron del templo de Apolo en Cumas. La leyenda dice que
vivió nueve vidas humanas de 110 años cada una.[12]
Las palabras del acápite nos
anticipan algo de lo que va a venir: la Sibila dice que sólo quiere morir. Eliot-autor
hace suyo el dilema de la pitonisa: vive en una cultura en decadencia pero no
muere sino que está condenado a vivir con los recuerdos de una gloria pasada.
La mayoría
de los trabajos críticos consultados[13]
hacen hincapié en el estilo fragmentario y críptico de la poesía de Eliot. Es
probable que su intención haya sido reflejar el estado de caos de la vida
moderna y yuxtaponer textos literarios unos con otros. Prácticamente cada verso
del libro hace referencia a un texto canónico y muchos otros tienen largas
notas al pie escritas por Eliot en un intento de explicar determinadas
inclusiones. Esto destaca uno de los procedimientos centrales del poeta: la
alusión. No representa un signo de erudición o de lucimiento literario sino que
tiene objetivos precisos, entre los que se cuentan: destacar una función
metafórica (se ponen en contacto dos mundos poéticos diferentes), metonímica
(una parte pequeña de una obra ajena se incluye en la propia), se crea una
tensión entre textos que genera una revalorización del original o “padre”,
entre otros.
Con respecto
a la fragmentariedad, a la que nos hemos referido anteriormente, el crítico
Carlo Izzo afirma:
Sólo en el
pasado, en tiempo mítico de los dioses cuya muerte y resurrección simbolizaba
la sucesión de las estaciones, y aun en tiempos menos remotos pero todavía no
alcanzados por la condena de la infecundidad, los hombres fueron capaces de
crear: hoy ya no. Y el poeta se aferra a las obras del pasado, cita versos
–Dante, el Pervigilium Veneris,
Gérard de Nerval- y concluye: “Con estos fragmentos apuntalo mis ruinas.[14]
Si
lo viéramos desde la óptica de los primeros años de este siglo XXI, caracterizados
por lo fragmentario y la aceleración de los tiempos de apreciación y/o consumo
de las expresiones artísticas, tal vez los lectores no le demanden a la obra la
unidad que sí se le reclamaba hace 89 años, cuando fue publicada. La estructura
quebrada de la obra se disfruta en sí misma, sin importar si pertenece a un
todo o si está inserta en un conjunto mayor que le provee sentido.
Si bien
Eliot llevaba a su generación en los huesos y a los poetas del pasado tras su
espalda, en tanto modernista lo antecedía el majestuoso trasfondo de la
literatura de varios siglos, de la que había absorbido mucho de su espíritu.[15]
Otra de las
innovaciones introducidas por Eliot fue la subversión del “orden lógico” o la
subdivisión de la experiencia en categorías separadas, también llamada
“disociación de la sensibilidad”. Izzo se hace eco de las palabras de Eliot y
nos conmina a tenerlas muy en cuenta para leer su obra poética:
Las experiencias
del hombre común son caóticas, irregulares, fragmentarias: se enamora o lee a
Spinoza, y estas dos experiencias no tienen nada que ver la una con la otra, ni
se vinculan de ningún modo con el teclear de la máquina de escribir, o con el olor
de comida que viene de la cocina: en cambio, en la mente del poeta todas estas
experiencias se funden en un todo único.[16]
En este “todo único y
fragmentario” nos sumergiremos a continuación.
El primer poema de La
tierra baldía se titula “El entierro de los muertos” y toma su título de un
verso recitado en las pompas fúnebres del culto anglicano. El comienzo alude a Geoffrey Chaucer, el primer gran
poeta de la lengua inglesa a quien Dryden llamó “el padre de la poesía
inglesa”. Sus Cuentos de Canterbury
comienzan con una descripción de las “dulces lluvias” de abril, que hacen
crecer a las flores en primavera.[17]
Eliot altera el ciclo natural de muerte y renacimiento tradicionalmente
asociado al mes de abril, mostrándolo de un modo trágico y dramático: “Abril es el mes más cruel, criando/ lilas de
la tierra muerta, mezclando/ memoria y deseo, removiendo/ turbias raíces con
lluvia de primavera”. Abril es el mes más cruel porque implica una
renovación, la primavera, y eso es algo que muchos “muertos-vivos” prefieren no
ver. Según la particular visión religiosa de Eliot, la verdadera vida nace del
reconocimiento del hecho de que se va a morir y, al mismo tiempo, de saber que
hay un “más allá” donde se renacerá.[18]
Esta sección se compone de cuatro viñetas, cada una narrada desde un
punto de vista diferente:
La primera es un fragmento del recuerdo
de infancia de una mujer de la aristocracia que recuerda un paseo en trineo y
dice que es alemana, no rusa.
La segunda escena nos lleva de viaje
hacia un paraje desolado, en donde se inaugura la temática de la esterilidad que recorrerá toda la obra.
Se trata de uno de los principales símbolos que recorren el poema: un escenario
de paisajes estériles y zonas rocosas en donde escasea el agua. Esto afecta a
las relaciones que mantienen los personajes, en las que prima una mezcla de
lujuria y aburrimiento. Los habitantes de la tierra baldía no le encuentran
sentido a la vida. Están solos, no hay Dios ni naturaleza con los que puedan
conectarse. Llevan una existencia bestial, maquínica, ya que responden al ciclo
nacimiento-cópula-muerte, sin un objetivo que los trascienda.
Las imágenes de aridez dan al poema el clima de monotonía, sequedad y
muerte en medio del cual la vida se manifiesta con timidez: “¿Cuáles son las raíces que se aferran/ qué
ramas crecen de esta pétrea basura?”. Los personajes aparecen como
fantasmas sobrevivientes de la gran tragedia de la humanidad.
Es en esos parajes yermos y desolados en
donde el narrador nos mostrará “algo
diferente tanto/ de tu sombra por la mañana caminando detrás de ti/ como de tu
sombra por la tarde subiendo a tu encuentro;/ te enseñaré el miedo en un puñado
de polvo.” El tono en este pasaje es amenazador, profético, pero matizado
por el recuerdo apacible de la “chica de los jacintos”.[19]
En este episodio el narrador cita a una
mujer que le recuerda un regalo dado: “Me
diste jacintos por primera vez hace un año./ Me llamaron la chica de los
jacintos.” Luego el narrador describe sus propios sentimientos acerca de
ese momento. Cuando vuelven del paseo, la escena se torna oscuridad en las
líneas siguientes: “-Pero cuando
volvimos, tarde, del jardín de los jacintos,/ tus brazos llenos y tu pelo
mojado, no podía/ hablar y me fallaban los ojos, no estaba ni/ vivo ni muerto,
ni sabía nada,/ mirando en el corazón de la luz, el silencio.” Esta escena,
de plenitud y luz para la mujer, para el narrador se convierte en algo
amenazador, para lo que no está preparado. Su mirada y su habla fallan, está en
una especie de trance agónico (ni vivo ni muerto). Hacia el final de la
estrofa, Eliot recurre a los versos en alemán 'Oed' und leer das Meer', tomados de la canción del marinero de Tristán
e Isolda, la ópera wagneriana que simboliza el sentimiento de amor como algo cercano a la muerte. En ese verso se
concentra la respuesta desoladora que Tristán recibe del marino que mira al
horizonte para ver si llega el barco de Isolda.
En esta escena la comunión sexual y emocional entre
un hombre y una mujer se frustra y el tono del poema continúa con la sensación
de esterilidad, frialdad e impotencia con que había comenzado.
El tercer episodio de la sección
presenta a la misteriosa Madame Sosostris, “famosa clarividente”. Algunas de
sus cartas de tarot no son realmente parte de la baraja, pero otras sí, como es
el caso de El Ahorcado. En el poema en general, Madame Sosostris no es la única
que tiene poderes de videncia: también la Sibila del acápite y el adivino
Tiresias poseen esa habilidad. De acuerdo con el biógrafo Lyndall Gordon[1] el nombre de la adivina provendría de
una adivina llamada Sesostris en la novela Crome
Yellow, de Aldous Huxley, publicada en 1921. En este sentido, Madame
Sosostris podría ser una encarnación modernista de Tiresias, que de acuerdo a
la nota de Eliot “aunque simple
espectador y no realmente un “personaje”, es sin embargo el personaje más
importante del poema, uniendo todo lo demás”.[20]
Este pasaje sirve para ilustrar el
método de composición de Eliot. En una primera capa de significado tenemos el
parloteo de la vidente y su uso superfluo de la baraja del Tarot: “Si ve a Mrs. Equitone…” en
contraposición a lo que las cartas realmente dicen “Tema a la muerte por agua”. Cada uno de los detalles de las cartas
expuestas (“el Marinero Fenicio ahogado”,
“el Hombre de los Tres Bastos”, el “mercader tuerto”) adquiere un nuevo
significado en el contexto general del poema. Será a esta escena, que bien
puede pasar desapercibida, a la que el lector deberá volver una vez que se
adentre en las secciones posteriores de La
tierra baldía. Las líneas de asociación más profundas sólo emergen en el
contexto total del poema, y este es exactamente el efecto buscado por el poeta.[21]
Eliot cambia el mazo tradicional de
cartas de Tarot para que sirva a sus propósitos. La
transformación viene dada por el misticismo barato y la vulgaridad de Madame
Sosostris.[22] El marinero ahogado hace referencia a La tempestad, de William Shakespeare (“perlas son estos
que fueron sus ojos” es una cita de
una de las canciones de Ariel). Esta cita connota la regeneración después de la
muerte, por lo que se fortalecería cierta noción de alma. Si en La tempestad el agua conduce a la vida
en La tierra baldía el agua, o más
precisamente su ausencia, conduce a la muerte: no hay fertilidad, esperanza ni
salvación.[23]
En la última viñeta de “El entierro de
los muertos” entramos en una especie de revêrie
alucinado. El narrador pasea por el puente de Londres que está poblado por
personas muertas al estilo de Night of
the Living Dead.[24] Esta sección refuerza la
idea de que no estamos ante personas de carne y hueso sino frente a
muertos-vivos: “una multitud fluía por el
Puente de Londres, tantos,/ no creí que la muerte hubiera deshecho a tantos./
Se exhalaban suspiros, breves y poco frecuentes,/ y cada cual llevaba los ojos
fijos ante los pies.”
El
escenario es una ciudad gigantesca, irreal (“Unreal city”), poblada por seres reducidos a meros autómatas por la
oquedad moral y la impermeabilidad de las gentes a lo que alguna vez fue
sagrado: la fourmillante cité
baudelairiana no está ya llena de sueños, es ahora una pesadilla. En la ciudad
que Eliot observa hay puentes, calles, plazas, monumentos, edificios, y el
Támesis, pero se trata de un territorio devastado.[25]
En las notas al poema, Eliot señala que
el segundo verso citado es una traducción del Infierno (3. 56-7), donde Dante muestra
una masa de personas de las que, nos dice, no se podía decir que estaban vivos
mientras vivían.
Los hombres y mujeres de la multitud se
mueven como autómatas mientras se dirigen a sus empleos de 9 a 5 de la tarde (“donde Santa María Woolnoth daba las horas/
con un sonido muerto en la campanada final de las nueve”). El reloj no sólo
marca el paso del tiempo, sino que lo hace con un “sonido muerto” en la “campanada
final”, lo que genera un efecto de opresión y asfixia.
El hombre que pasea ve a un tal Stetson
y llama su atención: “¡Stetson!/ ¡Tú, que
estabas conmigo en las naves en Mylae!/ Ese cadáver que plantaste el año pasado
en tu jardín,/ ¿ha empezado a retoñar? ¿Florecerá este año?/ ¿O la escarcha
repentina le ha estropeado el lecho?”.
Resulta poderosa y enigmática la imagen de
un “cadáver plantado” para referirse a las trincheras en donde los soldados se
refugiaban durante la guerra. Al final, el cadáver plantado por Stetson le
servirá de abono a la tierra muerta del principio para que crezcan nuevas
lilas.
Conclusiones
A lo largo de estas
páginas, hemos intentado introducirnos en el comienzo de La tierra baldía, analizando la estructura y temática de “El
entierro de los muertos”. Hemos bosquejado algunos detalles acerca del contexto
socio-histórico del momento, observando cómo el estallido de la Primera Guerra
Mundial influyó en el nacimiento de la obra. Además, describimos el tono
impersonal de la poética de Eliot cuyo objetivo sería lograr cierta universalidad en el tratamiento de
los temas. Por último, nos dedicamos a detallar cada una de las escenas o
pasajes por las que está compuesto el poema que, como ha quedado demostrado, refleja
un momento histórico de confusión, caos y desorden.
Es nuestro deseo que
este trabajo sirva como estímulo para que un lector quiera adentrarse en el
texto completo de La tierra baldía.
Si esto ocurriera, sentiríamos que hemos podido aportar nuestra parte para
acompañarlo en este paseo crítico por la obra de T. S. Eliot.
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N.B.: Todos los documentos provenientes de Internet
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[1]
Fuente: Clase práctica de la materia Literatura Norteamericana, cátedra Costa
Picazo (UBA). Comisión: Salzmann.
[2] Eliot, T. S., Función
de la poesía y función de la crítica, p. 46
[3] Eliot, T. S., The
Sacred Wood, p. 58-59.
[5]
Bocaccio, Giovanni, Decamerón,
primera jornada.
[6]
Alvarado Tenorio, Harold, "T. S. Eliot: poeta de entreguerras".
[7] Tiwari Nidhi, Imagery and Symbolism in T. S. Eliot's Poetry
[8]
Ídem 5.
[9] Buscarons, Mónica, “Un árbol de la inteligencia”.
[10] Eliot T. S., "Tradition and
the Individual Talent".
[11]
“Pues yo mismo vi con mis propios ojos a la Sibila colgando en una botella en
Cumas, y cuando le dijeron los muchachos: Sibila, ¿qué quieres?, respondía
ella: Quiero morir” (Petronio, Satiricón, c. 48).
[12]
Grimal, Pierre, Diccionario de mitología
griega y romana.
[13]
Cfr. Bibliografía utilizada.
[14]
Izzo, Carlo, “Ezra Pound y T. S. Eliot”, p. 469.
[15] Bhapal Surabhi A., “The Waste
Land- A Social and Cultural Critique”.
[16] Idem 12, p. 474.
[17] Lewis, Pericles, “The Waste Land”
[18]
Fuente: teórico 22-6-11 Prof. Costa Picazo, Literatura Norteamericana, UBA.
[19]
Destacamos que en el audio del poema leído por su autor es notable cómo su voz
se dulcifica al llegar a estos versos.
[20]
Eliot, T. S., La tierra baldía, Nota 218, p. 77
[21] Brooks Cleanth, “On The Waste
Land”.
[22] SparkNotes Editors, “SparkNote on Eliot’s Poetry”
[23]
Fuente: teórico 22-6-11 Prof. Costa Picazo, Literatura Norteamericana, UBA.
[24]
Night of the Living Dead es una
película de ciencia ficción estadounidense en blanco y negro estrenada en 1968
y dirigida por George A. Romero. El director se inspiró en la novela de horror
de Richard Matheson I Am Legend, de
1954, donde una plaga azota a una ciudad de Los Ángeles futurista.
[25] Folguerá, Juan José, “Los four quartets de T. S.
Eliot: “Situación” y traducción”.
Se permite la reproducción de este trabajo citando la fuente y esta dirección: http://griseldagarcia.blogspot.com

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